En un pequeño pueblo escondido entre montañas vivía Lía, una niña muy curiosa que siempre caminaba descalza. No era por descuido ni rebeldía, sus pies tenían un don, cada vez que tocaban la tierra podían escuchar historias de los que estaban o habían pasado por allí.
Los pies de Lía eran grandes conversadores. El derecho era más serio, le contaba cómo la lluvia había viajado desde nubes lejanas para despertar a las semillas. El izquierdo era más travieso, le narraba aventuras de hormigas que se creían gigantes y de piedras que soñaban con rodar hasta el mar. Y los dos juntos, le hablaban de las historias de las personas que se quedaron o, simplemente, recorrieron aquellos lugares por los que se desplazaba.
Un día, mientras caminaba por un sendero que nunca había explorado, sus pies se detuvieron de golpe. Sintieron algo distinto, como un murmullo extraño. Lía se agachó y tocó el suelo con ambas manos. Entonces escuchó una voz profunda que parecía surgir del corazón de la montaña.
—Gracias por venir —dijo la voz—. Llevo siglos esperando unos pies como los tuyos que sepan escuchar.
Lía tragó saliva sorprendida, pero sin miedo, sus pies vibraban de emoción.
—¿Quién eres? —preguntó ella.
—Soy el Camino Olvidado. Antes llevaba a la gente a un valle lleno de luz, pero con el tiempo dejaron de recorrerme. Me cubrieron las hojas, me borró el viento. Necesito que alguien vuelva a caminarme para despertar.

Lía miró a sus pies, que ya estaban impacientes. Así que dio un paso, luego otro y otro más.
Con cada pisada, el sendero se iluminaba, las piedras se ordenaban, las flores asomaban tímidas, y el aire se llenaba de un aroma fresco, como si la montaña respirara aliviada.
Tras un rato, el camino se abrió en un valle escondido, brillante como un tesoro. Había árboles que parecían cantar, ríos que corrían como si jugaran, y se advertía un silencio que no era vacío, sino paz.
—Gracias, Lía —susurró el Camino—. He recuperado mi razón de ser, ya las personas me recorren y vuelvo a sentirme útil, me has devuelto la alegría.
Desde ese día, la gente del pueblo siguió a Lía hasta el valle. Y aunque nadie más podía escuchar historias al caminar, todos sabían que sus pies habían despertado algo mágico.
Lía, por su parte, siguió caminando descalza porque entendió que los pies no solo sirven para avanzar, sino también para descubrir lo que el mundo quiere contarnos.

Y, cuando fue mayor, se propuso ir a conocer todos aquellos lugares que le fuera posible recorrer. Con el transcurrir del tiempo y las experiencias vividas, decidió recopilar todas esas historias que los increíbles lugares que visitaba le contaban en un fantástico libro de aventuras.
De ese modo, quiso transmitir la magia de ese prodigioso don que la providencia le había concedido, compartiendo con el mundo todos esos maravillosos relatos que había tenido la fortuna de conocer.
Fue un hermoso regalo de Lía que deleitó, durante muchos años, a todas aquellas personas que lo leyeron.

17 abril, 2026
Ana María Pantoja Blanco
(Como complemento, he utilizado imágenes creadas por la Inteligencia Artificial para ilustrar mi cuento).