La vida, de Rafael Pantoja Antúnez

Nacer, llorar, son dos cosas a la vez
pues la vida ya te obliga a llorar sin comprender.
Cuna, delicia de tus gestos,
exposición de tu cuerpo y,
de tu verdad, el lecho.

Niñez: andar, caer, levantar, salir corriendo…
Luego te has tragado
dos montañas de alimento.
Asoman tus sentimientos
y egoísmos desbocados.
Ya eres niño indefinido,
medio bueno y medio malo;
y detrás llega el amor
con su pudor infantil,
de buscarse en un recreo,
de mirarse no mirarse,
sí mirarse y sonreír.

Juventud, amanecer de poder satisfacer
lo que antes no habías hecho,
apretar tu pecho en pechos
ignorando sacramentos;
desordenando el amor,
para robarle a tu tiempo lo mejor de lo mejor.

Después es la madurez,
la que regala tristeza,
pocas risas, muchas quejas,
si tú no has nacido rey.
Es aquí cuando el amigo
se revuelve en enemigo,
tu pareja con amante.
Con dinero… mil amigos;
y el poeta un ignorante
que se mece en el olvido.

Al final es la vejez,
la que te resume en mueble,
mueble ajado y agrietado
con el pulso algo alterado,
y quizás, si alguien no es fiel,
tendrás que ser asilado;
donde esconderte a llorar,
donde mirarte al espejo
y ver sólo soledad…
Y entre ella, tu bosquejo.
Y, por llorar…, llorar más,
al recordar tu pasado
en casas de caridad.

Qué cuencas habrá en tus ojos,
qué de arrugas en tu tez,
qué de arrugas en tus codos,
qué de pasos en tus pies…
Para morirse tan sólo
con un total en la piel.

Rafael Pantoja Antúnez

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2 comentarios en “La vida, de Rafael Pantoja Antúnez”

  1. Han pasado los años y me sigo emocionando al leer estos versos. Certeza, hondura y autenticidad. Cualidades propias de su vida intensa pero no de muy largo recorrido desgraciadamente.
    Gracias Ana por dar voz a esa gran faceta, semi escondida, del gran Rafael Pantoja.

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