El túnel de los olvidados

Fui testigo de una escena, un flash, un instante mágico que me llenó de satisfacción pues lo que experimenté me hizo sentir que, dentro de esa impenetrable soledad que nos invade, en las grandes ciudades todavía algunos individuos se comportan como seres humanos. Salí de mi trabajo como todos los días, todos iguales. Camino hacia el metro sin fijarme en los demás y dándole vueltas a la cabeza con las inquietudes cotidianas, pues en los últimos tiempos hemos desarrollado una gran capacidad de abstracción que nos aísla del mundo para mejor concentrarnos en nuestros pertinaces problemas. Ansiedades que casi siempre son fruto de un voraz e insaciable consumismo. Eso nos deja ciegos, mudos y sordos, no nos fijamos en sí hace un maravilloso día o en el olor de la primavera. En la ciudad no hay tiempo libre, hay trayectos de casa al trabajo y viceversa, trayectos que recorremos sumidos en una densa burbuja de preocupaciones.

Entré en el metro de Nuevos Ministerios, bajé las primeras escaleras y pasé al largo túnel que conecta con la línea Circular, frecuentado siempre por artistas de toda clase y condición. Allí, hacia la mitad del largo pasillo, estaba acomodada una persona de color tocando un saxo desvencijado, con sus bártulos en el suelo. Intentaba conmover y atraer la atención de los numerosos viandantes que cotidianamente llevan ese camino, con objeto de conseguir alguna que otra moneda para poder sobrevivir. El hombre negro era joven, alto y tocaba muy bien. Su saxo interpretaba una melancólica melodía que reflejaba magistralmente la soledad, la miseria y la falta de humanidad del entorno hostil en el que le había tocado vivir. Pero, pese a eso, lo único que conseguía recibir de todas aquellas personas que pasaban era una total indiferencia porque sus únicos pensamientos eran malos pensamientos de desconfianza, sospecha y aprensión hacia ese magnífico solista al que no conocían de nada. La gente discurría como en un desfile de autómatas a los que nada les haría reaccionar. Su mal talante hacia el músico impedía cualquier reacción de normal y sincera compasión.

De pronto me fijé que delante de mí caminaba una muchachita muy joven, casi una niña, equipada con su mochila supongo llena de libros, recién acabadas sus clases. Se paró un momento y depositó una moneda en la vieja gorrilla que tenía en el suelo el ignorado y menospreciado artista, quizás algún dinero sobrante de su bocata del desayuno. Después, tranquilamente, siguió andando…

El intérprete reaccionó interrumpiendo su triste canción y entonando unas notas llenas de contento y optimismo, como queriendo así expresar un espontáneo agradecimiento. Su reconocimiento hacía la chiquilla emanaba una alegría contagiosa, con qué refinada gracia había conseguido dedicarle una galantería llena de admiración y respeto. La chica se volvió y le miró agradecida, esbozando una natural y encantadora sonrisa de complicidad. Era la juventud…, la juventud sin rencores, la juventud sencilla, sin malos pensamientos, sin racismo y contra la intolerancia. Esa sana juventud estaba de nuevo dándonos una lección de bondad, de afecto y de amistad.

Ese instante me hizo sentir feliz y optimista, todavía queda un atisbo de esperanza para nuestra humanidad.

25 febrero, 2013
Ana María Pantoja Blanco

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5 comentarios en “El túnel de los olvidados”

  1. Conmovedor relato de una situación (la del músico) que se repite cada vez que tomamos el METRO para desplazarnos, y conmovedora la reacción de una muchacha que gratificada por la música, se desprendió de alguna moneda que le quedaba. Toda una lección muy bien descrita.

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