En la plaza central de la ciudad, donde antes se escuchaban las animadas conversaciones de las personas que por allí pasaban, las voces de los vendedores ambulantes que pregonaban las bondades de los productos que ofrecían y las escandalosas risas de los niños distraídos con sus carreras y juegos, ahora solo resonaban los ecos de un cliqueo constante, un sonido mecánico que se colaba entre las calles: clic… clac… clic… clac… clic… clac… Era como si alguien moviera las colosales piezas de un tablero gigante de ajedrez. La verdad que nadie sabía a ciencia cierta de dónde venía ese sonido, pero todos lo oían.
Desde que empezó a escucharse ese ruido incesante, los ciudadanos caminaban cada día como autónomos, recorriendo trayectos involuntarios y repitiendo expresiones que no recordaban haber pensado.


En lo alto del edificio del Gobierno de la nueva nación invadida y que habían bautizado con el nombre de Ajedralia, había un tablero de ajedrez enorme que manipulaban los dirigentes que mandaban ahora en el insólito país.
No era un tablero cualquiera: cada peón simbolizaba un colectivo de personas, cada alfil representaba una institución.
Cada torre un distrito entero, cada caballo un movimiento inesperado en la vida de alguien. Cada rey, una figura de poder. Cada reina, una promesa engañosa que podía moverse en todas direcciones.
Mueve este peón -ordenó uno de los dirigentes sin mirar siquiera a la pieza-, necesitamos que crea que avanza por decisión propia. La pieza se deslizó sola, obedeciendo la orden, y mientras en la plaza un ciudadano sentía de pronto un impulso inexplicable de apoyar una idea que no había reflexionado ni para nada entendía.

Otro de los políticos que estaba junto al tablero tomó una reina entre los dedos. Esta servirá para distraerlos, que parezca que todo cambia, aunque nada cambie.
Y así, entre maniobras silenciosas, discursos calculados y promesas que brillaban como profecías de un progreso ilusorio e imparable, el tablero seguía moviéndose. Los ciudadanos, sin saberlo, estaban recluidos en piezas que se desperdigaban por un misterioso tablero como protagonistas de una partida que no hubieran querido nunca jugar.
Pero una noche, uno de los peones -un joven cualquiera, cansado de sentir que caminaba sin rumbo propio- levantó la vista. Vio el cielo, vio la plaza, vio a los demás y, por primera vez, fue consciente del involuntario papel que estaba desempeñando.
Fue entonces cuando comprendió que, si todos los peones se movían juntos, la partida ya no tendría sentido.

El clic-clac se detuvo por primera vez.
En ese revelador silencio, los ciudadanos descubrieron algo muy poderoso, que un peón que despierta puede cambiar toda la partida.
Que el despertar de los peones y la toma de conciencia colectiva, podrían impedir la manipulación que todos ellos habían sentido alguna vez como habitantes de Ajedralia.
Y aquella noche, en la ciudad, los ciudadanos descubrieron algo que nadie les había contado: que el tablero solo existiría mientras ellos aceptaran jugar, así que decidieron que la partida había terminado.
Ahora les quedaría organizarse para constituirse en un poder legítimo que enviara al exilio a todos aquellos gobernantes inmorales que habían usurpado el gobierno de ese país que no les pertenecía. La unión hace la fuerza y la firme determinación de un colectivo puede mover montañas, convirtiendo la voluntad y la perseverancia en un motor de cambio que puede alcanzar metas, sin importar cuán difícil sea el desafío.
Derogaron el nombre de Ajedralia que era del todo inconstitucional y recuperaron el primigenio nombre de Equitania, como se llamaba su país antes de ser invadido. Ese magnífico nombre significa igualdad ante la ley y los definía a la perfección.
Y así fue como esos admirables ciudadanos, sin violencia y con la fuerza de su legitimidad, pudieron recuperar su identidad, su independencia y su ansiada libertad.
14 mayo/ 2026
Ana María Pantoja Blanco