Carta a mi amada Elena

Querida Elena,

Sí, te llamo querida porque me lo he ganado, porque posiblemente sea el ser humano que más te ha querido en este mundo.

Porque adoro tu pelo, tus ojos, tu boca, tu adorable sonrisa y, sobre todo, tus manos, esas hermosas manos que tanto he soñado acariciándome.

Tu cálida voz, tu grácil encanto, tu inteligencia. Tus risas y tus ingeniosas ocurrencias que tanto me gustaban y divertían.

Tus hermosos senos, que tuve la gloria de acariciar la primera vez que te besé cuando buscabas el consuelo de un amigo por un reciente desamor que no fui capaz de aprovechar.

Cuando recuerdo esos besos que casi te robe, y esos senos tan turgentes y cálidos, cuyo solo contacto provocaba que mi miembro se alzase erguido como un resorte, como una estable botavara buscando la mejor orientación hacia tu sexo para satisfacer el ansiado deseo que no me permitiste. Cuando lo recuerdo, la excitación se me hace insoportable.

Cuántas veces he recordado ese inolvidable momento. He tenido algunas amantes a las que he sido infiel porque siempre has estado presente en mi pensamiento. Las amaba con la febril excitación que tu evocación encendía, como si estuviera ejecutando el ensayo general para un futuro estreno idealizado contigo, tumbados en una cálida playa que nos cobijaba como un confortable hotel de mil estrellas. Un estreno inmemorial donde alcanzábamos el cénit con un éxito apoteósico.

Has estado incesantemente presente siendo esa excelsa quimera, tenazmente perseguida, con la fatal frustración de no poderte alcanzar. Te he adorado como el que adora a una diosa, te he dedicado mis más íntimas oraciones como apasionadas canciones de amor.

He seguido tus pasos, tus logros, tus proyectos de vida y siempre, siempre, con mi mano tendida. Pero, no puedo seguir así, ya no puedo más, ya estoy cansado. Me siento viejo y dimito, ya he perdido la ilusión y la esperanza de tenerte alguna vez.

Eres y siempre has sido la mujer de mi vida, la hembra que tanto he deseado. Será porque un amor no consumado se convierte en una historia incompleta, idealizada, irrealizable, esa que ahora quiero dejar encerrada en esta carta. Quiero olvidarte ya, sé que va a ser muy difícil pues cuando te invoco casi puedo sentirte y percibir tu respiración, pero he llegado a la conclusión de que ese es un castigo que no merezco.

Y con la gran pena de que nunca pude conquistar tu cuerpo porque nunca fuiste mía, no me dejaste marcar en ti mi territorio. Pero, sin quererlo tú, jamás me abandonabas agravando más si cabe esa dependencia enfermiza de la que no podía liberarme. Estabas siempre en mi cabeza, indisoluble, castigándome cuando te deseaba, encendiendo con fuego incontrolable mi vehemente pasión.

Pero ya renuncio, no quiero ser un mero espectador, ya no me conformo con eso, siento que estoy marchito y gastado. He consumido gran parte de mi vida ansiándote y no conseguí de ti más que amistad, y la amistad ya no me basta.

Necesito encontrar nuevos horizontes y sinceras caricias que me correspondan. No sé si tendré fuerzas para renunciar a ti, para evadirme de mi enfermiza obsesión, mi maldita adición, mi cruz, con el propósito de buscar otro amor sosegado que colme mis deseos.

Necesito ser libre, libre de tu recuerdo, libre de mis deseos. Aunque tengo miedo, mucho miedo, porque presiento que pueda ser ya demasiado tarde.

Siempre tuyo, un hombre destrozado.

29 septiembre, 2023
Ana María Pantoja Blanco

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