Una Navidad inesperada, de Silvia Vicente

(En la imagen, isla de Poros, Grecia)

María Teresa estaba sentada en su butaca como todas las noches después de cenar. En la televisión están anunciando, a bombo y platillo, las Navidades que ya estaban próximas. Cambió el canal y, al poco rato, también en éste la publicidad anunciaba lo mismo. Se removió impaciente en el sillón al tiempo que exclamaba:

– ¡Dichosas Navidades! Todos los años lo mismo. Y todo ¿para qué?, para que la gente se gaste un dinero que a lo mejor no tiene, pero hay que comprar y comprar y comprar: que sí regalos a los niños, para los abuelos, para toda la familia y preparar comidas y cenas extraordinarias y beber más de la cuenta y acabar con el bolsillo vacío y el estómago ulcerado. ¡Qué horror! Menos mal que yo no tengo marido ni hijos y no me tengo que complicar la vida. Claro que ya se dice que al que Dios no da hijos da sobrinos y aunque no tengo que preparar cenas ni comidas, sí que me toca hacer regalos porque se empeñan en invitarme a sus casas y yo por no ser descortés acepto, pero si por mi gusto fuera, no iría.

Distraída con estas cavilaciones y pensando en qué pretexto buscaría para no tener que participar de estas fiestas, sonó el timbre de la puerta y María Teresa se sobresaltó pues no era hora de que nadie llamara a su casa. Con sigilo se acercó a la puerta y miró por la mirilla.

– Mariana por Dios, que susto me has dado. Y abrió la puerta a su amiga y vecina.

– Vamos Teresa alegra esa cara de funeral que tienes. Vengo a decirte que nos vamos a ir las dos de viaje estas Navidades.

– Ya me gustaría, pero… ¿qué haremos con la familia?

– Se llevarán una sorpresa primero y nos desearán feliz viaje después.

– Bueno, bueno, pues cuéntame tus planes, porque yo estaba a punto de deprimirme pensando en las fiestas que se avecinan.

– Nada de eso. He conseguido un viaje a muy buen precio a una isla griega. Diez días de relax lejos de fiestas, comilonas y bullicio. Un buen hotel, atenciones como nos merecemos, largos paseos por la playa y hermosas puestas de sol allá en el horizonte. ¿Te imaginas?

– Que buena amiga eres, Mariana. ¿Cuándo nos vamos?

Y se fueron las dos amigas, funcionarias de rango, jubiladas las dos y libres las dos.

María Teresa y Mariana llevaban dos días en la isla de Poros. Estaban sentadas en un banco contemplando la puesta de sol. Un amable silencio las envolvía. El mar estaba sereno, ninguna hablaba para no romper la magia del momento. El sol se iba perdiendo allá en la línea que separa el cielo del mar. Se encendieron las farolas, se levantaron sin pronunciar palabra y echaron a andar.

Se adentraron en el pueblo y desapareció el silencio. Chiquillos gritando y corriendo por la calle y gente con paquetes y bolsas. Los bares estaban llenos de hombres que hablaban y bebían.

– Mariana faltan dos días para la Nochebuena, ¿echas de menos algo?

– No irás a ponerte sentimental. Yo estoy encantada de estar aquí; hacemos exactamente lo que nos apetece, no tenemos que acudir a compromisos que no nos gustan y seguro que nadie nos echa de menos.

– Eso lo dices tu porque nunca quisiste casarte, ni tener hijos, pero yo ahora pienso que, si no hubiera rechazado a Ramón y me hubiera casado con él, ahora tendría incluso nietos.

– Venga mujer anímate, si sigues así me vas a hacer llorar. Anda vamos a cenar y luego a dormir que mañana tenemos excursión.

Y las dos amigas un poco cabizbajas se encaminaron al pequeño restaurante que les habían recomendado, en un barrio viejo y modesto, donde el trato era simpático y acogedor y la comida muy rica.

Acabada la cena se encaminaron tranquilas hacia el hotel. No tenían prisa, la temperatura era buena y María Teresa había superado el bajón. Al doblar la esquina, las salió al encuentro un niño que les pidió dinero. No tendría más de ocho años y su aspecto era muy desaliñado. Le preguntaron por qué estaba en la calle a esas horas y no en su casa. El niño les dijo que era huérfano y que vivía en una casa en ruinas y que salía a esas horas para rebuscar en la basura algo para comer. Ellas no podían dar crédito a lo que oían y mirándose la una a la otra, las dos enternecidas le dijeron al niño que las acompañara al hotel, que le llevarían a las cocinas y allí seguro que le darían algo de las sobras de la cena. El niño dio un paso atrás. En su cara se veía temor. Ellas le insistieron, pero el niño salió corriendo.

– ¿Qué le pasará?, se preguntaba María Teresa mientras caminaban hacia el hotel.

– Quizá ha intentado robar comida y teme que le descubran.

– Yo creo que tendríamos que averiguar que pasa con ese niño, saber si es verdad que no tiene familia y si no la tiene, cómo es que está tan desamparado. Habrá un orfanato en esta isla ¿no?

– Vete a saber. Quizá se haya escapado. Me da mucha pena ¿a ti no?

– Claro que sí.

Al día siguiente, al regreso de la excursión a la isla de Hydra, se encontraron en el pequeño puerto con el niño. Estaba sentado en una piedra y comía un mendrugo de pan. Se acercaron y se sentaron junto a él. El niño las miró con desconfianza y se levantó para irse, pero María Teresa le pidió que se quedara, que les contara como había llegado a esa situación. El niño pensando que quizá lograría sacarles algo de dinero, accedió y les contó que su madre murió al nacer él y que su padre lo había dejado al cuidado de una hermana, prometiendo que volvería a recogerlo. Que nunca lo hizo y que su tío, que era pescador, lo puso a trabajar remendando redes cuando apenas tenía seis años, pero sus manos eran tan pequeñas que no servían para esa labor y le dio otros trabajos, todos muy duros y cuando comprobó que el niño era realmente muy pequeño para trabajar, lo embarcó y lo dejó abandonado en esta isla, donde nadie le conocía porque de día estaba escondido y solo salía de noche a buscar comida.

María Teresa y Mariana, conmovidas decidieron hacer algo por él. Esperaron que se hiciera de noche y al amparo de la oscuridad le llevaron al hotel donde entraron como furtivos, porque el aspecto del niño no era el apropiado para dejarse ver. Una vez en la habitación y después de vencer su resistencia, le hicieron bañarse y mientras esto hacía, Mariana bajó a la tienda de ropa del vestíbulo y compró todo lo necesario para Adrián, que ese era su nombre.

Una vez vestido con ropas nuevas el niño parecía otro. Mariana y María Teresa se miraban con guiños de complicidad. Ambas se sentían muy felices y con ese estado de ánimo los tres se fueron al restaurante y cenaron charlando y riendo. Adrián estaba radiante. Nunca antes lo había pasado tan bien y cuando regresaban al hotel les cogió las manos a nuestras amigas y les dijo: “Le pedí al niño Jesús que me ayudara en esta Navidad, que no quería estar tan solo y me ha escuchado”. A nuestras dos amigas se les llenaron los ojos de lágrimas y le abrazaron y le prometieron que le ayudarían a encontrar un hogar.

Y así fue, hablaron con las autoridades del lugar y consiguieron antes de regresar a Madrid que se ocuparan del niño.  Enterada la dueña del restaurante, se comprometió a hacerse cargo de él y mandarlo al colegio. Llegadas las vacaciones a su final, las dos amigas regresaron muy felices a su casa.

Han pasado dos años y María Teresa y Mariana han vuelto a la isla a pasar las Navidades y esta vez las han celebrado con Adrián y su familia adoptiva. A todos les llevaron regalos que fueron muy bien acogidos y comieron, bebieron, bailaron y cantaron. ¡Viva la Navidad!

11 diciembre, 2018
Silvia Vicente

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