Regino, el pequeño arbolito

(Cuento de Navidad)

Regino era un pequeño abeto. Había brotado en el Valle del Tiétar, donde se abrazan las provincias de Ávila y Madrid. El diminuto arbolito, de poco más de un metro de altura, estaba arraigado en un bosque de árboles majestuosos, cuyo conjunto estaba formado por castaños, robles y pinsapos y conformaba un espacio de extraordinario interés ecológico. Allí, el agua abundante y la variada vegetación componían una panorámica de singular belleza.

Sin embargo, Regino estaba muy escuchimizado, eso sí. Germinó rodeado de enormes árboles que apenas le dejaban ver la luz; aprisionado, agobiado y sin espacio para respirar. Y todo eso, aparte de hacerle muy desgraciado, no tenía solución -pensaba él-, pues todos sabemos que los árboles no pueden desplazarse.  Debido a su tristeza y a que los rayitos de sol y las gotas de lluvia le llegaban escasitos, como propinillas, pues quedaban retenidos por los gigantes de alrededor, Regino era un arbolito bastante raquítico.

Su único amigo era Peluco, un pajarillo que a menudo le iba a visitar, su exclusivo contacto con el exterior. El ave era muy inquieta, viajaba mucho… A base de sobrevolar la comarca se conocía al dedillo cada rinconcito. Cuando se posaba a descansar en las débiles ramas de Regino, el abeto no cesaba de preguntarle pues, aunque pequeño, era muy curiosón.

Peluco se recreaba contándole lo fascinante y sorprendente que era el mundo que no podía ver. Al rato, cuando Peluco se cansaba y se iba, a Regino le invadía una gran melancolía. El pajarito nunca se quedaba mucho tiempo pues era un nervioso culillo de mal asiento y entonces, cuando desaparecía, a Regino le brotaban unas lagrimillas de resina que resbalaban por su frágil tronco salpicando un poquitín el suelo. Cuando por fin se le pasaba la morriña, soñaba despierto recordando una a una todas las maravillas que le contaba Peluco.

Un día, un gran estruendo de camiones irrumpió en el bosque. El ruido anunciaba la llegada de una brigada de estudiantes de la Escuela de Ingenieros de Montes que llegaban, como siempre, a últimos de noviembre, a reclutar árboles para Navidad. Pero no os preocupéis porque son sus amigos, los desentierran sin hacerles daño cuidando de sus raíces porque luego los tienen que volver a replantar. Los árboles se venden a multitud de familias que los disfrutan y los adornan en Navidad, convirtiéndolos en el centro de atención de sus hogares para el deleite de los niños.

Los chicos comenzaron su laborioso trabajo extrayendo vistosos árboles que seguidamente cargaban en sus camiones. Regino empezó a ver más luz que nunca pues los jóvenes estaban retirándole los árboles que le cegaban. Llegó su turno y un muchacho exclamó: – ese no, es muy raquítico, no lo querrá nadie. Regino, aterrorizado, notó como cambiaba su sentimiento de pavor por decepción y se sintió fatal.

Una chica dijo: – pero sí es un pequeño abeto, yo me lo llevaré. Es ideal para mi casa, apenas tenemos espacio para un árbol de Navidad y éste nos encajará a la perfección. Aquellas palabras hicieron revivir al pobre Regino que se había sentido morir por el desprecio. La voz de la muchacha era tan dulce y ella tan bonita que, además de tranquilizarle, al arbolito se le quitó el miedo. María –así se llamaba-, empezó a extraer cuidadosamente a Regino que fue el último árbol que subieron al camión.

Cuando llegaron a la escuela, María deslizó suavemente a Regino del camión reservándolo a un lado. Descargaron todos los demás árboles y cuando terminaron, ella volvió a recoger el suyo. Traía en sus manos un gran tiesto donde le introdujo las raicillas cubriéndolo luego con buena tierra fértil para, por último, regarlo despacito empapando muy bien toda la maceta. ¡Qué a gusto se sentía Regino por la ducha tan refrescante que le acababan de dar!… Después, lo cargó en su furgoneta y los dos se marcharon satisfechos a casa.

Buscó un espacio apropiado en el salón y, cuando lo hubo acomodado, lo miró complacida. Perfecto, aquí queda muy bien y tiene la suficiente luz. Rebuscando en un armario encontró una vieja caja con adornos, aunque no había suficientes para Regino. -Tenemos que comprar bolas y cintas, he pensado ir con los niños al regreso del colegio, les encantará ver los decorados navideños y la iluminación del centro comercial -le dijo resuelta a su madre-. Compraron muchas cosas, todas con motivos muy alegres y navideños. – Mañana lo adornaremos -anunció a los niños-, que quedaron entusiasmados por la futura tarea.

Regino era feliz. Primero le colocaron las luces, luego todos los demás cachivaches. Cada vez que le colgaban una bolita, algún muñeco de chocolate, alguna campanita o el mismo Papá Noël, le hacían cosquillas y eso le gustaba. Se sentía orgullosísimo, como si le pusieran una condecoración. Finalmente, una hermosísima estrella dorada y muy brillante culminó el divertido trabajo. Había quedado muy bien, aunque chiquitito, era un hermoso árbol de Navidad.

El arbolito no había aterrizado en una suntuosa casa como sus demás compañeros del bosque, sino en una modesta vivienda sin lujos donde vivía una familia que se quería. El hogar estaba lleno de niños y de vida, pleno de ilusiones, por eso quedaba tan poco espacio libre. Allí se palpaba la verdadera felicidad que es, al fin y al cabo, el mejor de los tesoros. Siempre había barullo. Regino escuchaba complacido el alboroto de los niños al jugar y sus risotadas y carreras. A veces también oía música, una música jocosa que le ponía contento. Y, casi siempre, la tele de fondo. Nunca el silencio, ese imponente silencio del bosque al que él estaba tan acostumbrado.

Poco a poco Regino iba conociendo los secretillos de toda la familia. Había visto como envolvían los regalos y los depositaban ilusionados a sus pies. El era ahora el símbolo de la Navidad y estaba allí, indispensable, en el centro del cotarro, ocupando el puesto de honor… María de vez en cuando lo regaba y se ocupaba de controlar que las luces y los ornamentos no le dañasen.

La Nochebuena fue entrañable. La familia reunida se sentó a la mesa ante la exquisita cena que preparó amorosamente la madre y, en un periquete, la cena voló. De postre comieron sabrosos dulces, turrones y, acto seguido, cantaron canciones y villancicos ante el belén todos ellos dedicados al Niño Jesús recién nacido. ¡Qué maravilla verlos tan felices!

 – ¡Cómo me gusta esta familia! -pensó Regino-, ¡cómo me gusta mi nueva vida!

A la mañana siguiente era Navidad y llegó el momento de abrir los regalos. Los grititos de alegría y de entusiasmo de los niños eran contagiosos. ¡Qué contentos estaban!, sin parar de jugar y de reír durante todo el día.

Llegó Nochevieja, velada festiva en la que despedimos el año que termina y recibimos con gran entusiasmo el nuevo que se estrena. Todos nos deseamos felicidad y hacemos los mejores propósitos para los próximos doce meses. Esa noche dicen que da buena suerte, y es una antigua tradición, comer las doce uvas al son de las últimas doce campanadas.

El 5 de enero del nuevo año también vinieron los Reyes Magos cargados de juguetes y regalos. Después, todos se deleitaron con el Roscón y el rico chocolate calentito y… ¿a ver a quién le ha tocado la sorpresa?

La fiesta de Reyes fue la última celebración de la Navidad. Al día siguiente, María se levantó temprano para quitar los adornos y las luces de entre las ramas del árbol. Regino estaba tenso, ¿por qué le estarían despojando de todas esas cosas que tan bien le sentaban?, no era capaz de entenderlo. Cuando María terminó, el arbolito se sentía como desnudo.

Mamá, luego llevaré el árbol a la Escuela, tenemos que devolverlos al monte y replantarlos.

¿Por qué?, -se preguntaba Regino atónito- el no quería volver.

En el camión, junto a los demás árboles, se atormentaba pensando en lo que se le avecinaba. Prefería caerse del vehículo en una curva y perecer allí tirado antes que volver a su encierro.

Al fin llegaron, Regino temblando vio a María que se acercaba, no le había abandonado. Ella ya se había encargado de buscar un buen sitio donde plantarlo. ¡Qué lugar, qué maravilla!… en la misma cima del valle, en primerísima línea y sin obstáculos delante. Desde allí se divisaba todo el bosque, las blancas casas de los pueblos colindantes, vacas, ovejas, caballos y el río Tiétar que lo abarcaba todo. ¡Qué cielo más azul!… ni en sueños había visto nada tan fascinante y lleno de vida. Numerosos y variados pájaros sobrevolaban el espléndido paisaje. Se sentía el abeto más afortunado del mundo, el destino le había hecho el mejor regalo de Navidad.

María, después de plantarlo, se despidió cariñosamente: Bueno amigo, gracias, nos has hecho muy felices. Ahora quiero que crezcas fuerte y robusto. Y, orgullosa por el deber cumplido, tranquilamente se marchó.

¡Qué cómodo estaba allí Regino y qué espacioso!, estirando sus raicillas a tutiplén. Dominaba el cielo, el sol, la lluvia y la tierra con todas sus criaturas. Cuánto prodigio a su alrededor y él formando parte del milagro de la naturaleza. En su interior, no cesaba de dar las gracias a María por haberle hecho tan feliz.

En poco tiempo Regino creció y se desarrolló mucho. Estaba más fuerte que nunca y se había adaptado perfectamente a su nuevo hábitat.

Un día apareció su buen amigo Peluco:

Hola Regino, lo que me ha costado encontrarte. Casi no te reconocía, estás fenomenal. Oye, ¿cómo has venido a parar aquí?, es el mejor lugar del valle.

Regino, -loco de alegría por su suerte y por ver de nuevo a su amigo- empezó a narrarle todo lo que le había sucedido, toda su aventura… Le contó como era la Navidad y la maravillosa familia con la que había convivido. Pero, sobre todo, le habló de María, la preciosa muchacha que consiguió cambiar su destino. Peluco durante horas oía atento y fascinado a Regino. Ahora, por primera vez, el pájaro era quien escuchaba. Cuando terminó Regino su apasionante historia preguntó a Peluco: y tú qué, ¿cómo te ha ido en todo este tiempo?

Muy bien -dijo el ave ruborizándose- y le contó que andaba bastante enamoradillo. Regino exclamó: ¡yo estaría encantado de que en mis ramas hicieseis vuestro nido.

– ¡Mil gracias Regino!, -dijo Peluco locamente ilusionado con la magnífica idea- ¡Nuestro hogar en la cima del mundo, a mi pajarita le encantará!

Regino añadió complacido: –¡para eso están los amigos!

-Gracias -gritó nuevamente Peluco-. Y salió corriendo… bueno, quiero decir volando a toda prisa, impaciente por decírselo a su futura parejita.

Rebosante de satisfacción, orgulloso y erguido permaneció Regino, dominando toda la belleza y la vida a su alrededor. Regio, majestuoso como su mismo nombre.

Un verdadero rey, así es como exactamente él se sentía, ahora era el Rey del Valle del Tiétar.

30 noviembre, 2011
Ana María Pantoja Blanco (texto e ilustraciones)

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19 comentarios en “Regino, el pequeño arbolito”

  1. Una bella y tierna historia del arbolito Regino, con grades ilusiones y ganas de ser feliz, igual que cada uno de nosotros. Una entrañable historia para contar a nuestros pequeños y a nuestros mayores, una historia para compartir a la vez con mi madre y con mi nieta. Gracias Ana por compartirla, un gran abrazo y muchas felicidades. ¡Felices fiestas!

  2. Felicidades Ana, es un precioso y descriptivo relato sobre el bienhacer de la naturaleza y el poder de las cosas bien hechas; ojalá se te lea, y todos comprendan el regalo de la Vida y, sobre todo, que el verdadero éxito es convivir en armonía.

  3. Ana, es muy bello y los dibujos me encantan 😍 es todo muy entrañable. Que paséis una Navidad muy feliz en la mejor compañía . Besos y gracias por este cuento.

  4. Muy bonito, entrañable, simpático y emocionante tu cuento de Navidad 🎄, dan ganas de ser uno de tus personajes…
    ¿…Regino…Peluco..?… Ummm tengo una idea mejor …!! Seguir siendo tu amigo,…amigo de la escritora !!, así seguiré teniéndote a ti ANA para que me sigas contando estas y todas esas historias que te bullen en tu rubia cabecita.
    FELIZ NAVIDAD 🌲🌲 y lo mejor para este ya próximo 2019 💥🥂🍺

  5. Preciosa historia Ana, como siempre. Es un relato muy emotivo y muy positivo. Felices Fiestas para ti tu maravillosa familia, y sigue deleitándonos con estas maravillosas historias que le hacen a una sonreír al terminar de leerlas

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