También la muerte es bella, de Rafael Pantoja Antúnez

¿Será la muerte como la pintan los pintores?
¿Será la muerte como la glosan los poetas?

Lleva una capa parda de negro indefinido
y rota de jirones,
tiene la cara que bosquejó un pintor
por el mero capricho de ser de calavera.

Y como cetro, le insertó la guadaña.
¿Cómo, pero si la guadaña es la que siega el trigo
cuando la espiga resplandece luciendo con orgullo su oro amarillo?

Yo creo que al final la muerte no es más que
el cobro pendiente de la vida.
La deuda que todos contraemos al llegar a este mundo,
aquella que nos obliga a rendir cuentas cuando llega la hora.

La muerte a veces comparece,
como cabo gastador de árboles sagrados,
orgullosos cipreses que montan guardia velando
por el descanso de las almas en el camposanto.

Para mí la muerte no es sólo tenebrosa,
puede ponerse un atuendo de todos los colores.

A veces, la muerte se viste de pitones,
el color del toro importa poco.
Sí el toreo es jugarse la vida en cada tarde,
en ocasiones el toro gana la partida,
aunque si tiene raza, antes te avisa.

La muerte en el toreo no es capa parda,
ni negro indefinido,
ni tiene buitres al acecho.
Muere de luces y en plena tarde,
rara es la muerte cuando oscurece.

Pero es tragedia, porque es la muerte quien lo arrebata
y se lo lleva en una tarde desdichada,
dejando sólo lágrimas de dolor y suspiros amargos.

Y, un epitafio en el mármol blanco de la tumba sagrada
que entre ramos de flores en silencio se expresa:
Aquí reposan los restos de un gran torero.

Rafael Pantoja Antúnez

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