Los caballos bailaores, de Rafael Pantoja Antúnez

En Jerez baila cualquiera, igual payos que gitanos….
¿Y le parece a usted raro que hasta bailen los caballos?

Ingleses o cartujanos… linaje, casta y estirpe
importan más que la raza. Nobleza en su descendencia
y, después, adiestramiento, cátedra y aprendizaje.

Enseñar a los caballos es un arte ya ancestral,
patrimonio que en caballos como en hombres cuenta más.
La educación enriquece y es mejor que la ignorancia. Vale más
el instruido porque gana en apostura, en galanura y en brío.

Y,… !hay que ver lo que presumen los de la Escuela de Viena
porque bailan con los valses de la familia Strauss!

Lo difícil es bailar como bailan en Jerez, a golpe de martinete;
con donaire y elegancia, con fabulosa cadencia soldada a las herraduras
que el maestro de la fragua funde con sabiduría para que puedan danzar.

Bailan los caballos jerezanos danzas hechiceras, gitanas, morunas…
Desde pequeñines, con ritmo certero y afinando pasos, testigo la luna.
Sus cuerpos de plata, sus patas de bronce, siluetas sagradas fundidas en oro
perfilando un cuadro lleno de hermosura, derrochando duende.

Piruetas, saltos atrás, cabriolas y galopadas en un perfecto compás.
¡Qué elegancia y qué belleza tienen estos animales!
¡Qué bonitos esos blancos, absolutamente iguales!

Yo he visto a un caballo viejo llorar con purito sentimiento…
Yo ya no puedo bailar, pero no me importa na, yo sirvo para picar.

¿Qué dices lucero mío?…  Tú te queas pa semental.

Rafael Pantoja Antúnez

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