Cuando el enemigo está en ti

Quería ser perfecta en la ignorancia de saber que eso era inútil y una utopía inalcanzable.

Quería ser perfecta, hacerlo todo perfecto y estar siempre perfecta. Ni que decir tiene que eso era una lucha perdida e insostenible, sobre todo porque no estamos solos y convivimos con otras personas, personas reales, imperfectas y humanas, como tiene que ser.

Imaginaros la insoportable pugna contra corriente que mantenía y lo que ella podía sufrir cuando le descolocaban su mundo de muñecas perfectas o le trastocaban sus impecables planes.

Así vivía, sí es que a eso se le puede llamar vivir. Su horario era su guía. Su rutina un suplicio concertado que le permitía desarrollar todas las actividades y citas de su ajustada agenda. Sus amigos, sus compras, sus entretenimientos, sus hobbies… todo programado, todo reservado, todo premeditado. No dejaba nada a la improvisación y no le quedaba ni un hueco para la sorpresa. Se perdía lo mejor y, lo peor era que no se daba cuenta. Era incapaz de ver más allá de un planning de conducta perfectamente trazado.

Un día, cansada y agotada de luchar contra la imperfección, se dio cuenta de que no merecía la pena ser tan perfecta y desear tenerlo todo perfecto. Tendría que relajarse y disfrutar de la vida, cosa que nunca había hecho de tan preocupada como estaba de tenerlo todo en su sitio.

De pronto, se sintió muy sola y advirtió que empezaba a convertirse en una mujer mayor. No se había casado, era demasiado imperfecto el matrimonio para formar parte de su proyecto de vida. Pero ocurría algo peor, nunca se había enamorado. Era tan perfecta que no había conocido nunca el amor… El amor irrazonable, apasionado, desinteresado, aquel que no había entrado nunca en sus planes por lo comprometido. Al meditarlo, se sintió todavía más sola y desgraciada, en el fondo a poca gente le importaba.

No tenía hijos ni hermanos, era hija única. A sus padres hacía siglos que no les veía, vivían en el pueblo, un lugar donde nunca iba pues creía que allí no merecía la pena ir. Pensó y llegó a estremecerse por la amarga evidencia. De pasarle algo, a muy pocos les preocuparía. Eso sí, recibiría sendas y protocolarias muestras de cortesía plasmadas en apropiadas tarjetas de condolencia y respeto, como ella siempre solía enviar. Pero no habría una sola persona que le cogiera la mano, que la llamará y, menos aún, que la abrazara.

Era espantoso pensar que se había quedado sola. Y, eso era así en su mundo perfecto y planeado en el que convivía con una pareja conveniente pero no satisfactoria.

Se marchó de la oficina, no estaba para nada ni para nadie. No paraba de pensar en la casi inutilidad de todo lo que había hecho hasta ahora. Sólo había rellenado y cumplido agendas. Había agotado años vacíos que nada la aportaban en este momento tan señalado en el que se encontraba su existencia. No había guardado nada en la recámara, carecía de dulces recuerdos y amargas vivencias. Sólo habían existido citas confirmadas y escrupulosos compromisos cumplidos.

Salió a la calle y caminó como jamás lo había hecho, sin rumbo fijo. Por primera vez se fijaba en la gente, como nunca se había permitido, perdiendo y ganando tiempo.

Observaba con atención a los viejos y a los niños. También, reparaba en las madres, en los trabajadores, en los ejecutivos y en las parejas. Todos eran simples personas. Se esforzaba por intentar escuchar sus conversaciones, triviales e intrascendentes, aunque repletos de vida. Y es que todo eso forma parte de la vida real, la vida es, a veces, así de sencilla. Hay que pasar dentro y quedarse a vivirla, no se debe mirar desde un escaparate.

Después de pasear un largo rato se fue a casa, se quitó el abrigo y lo dejó tirado encima de una silla. Miró a su alrededor, se sentó en el sofá y, estirando las piernas por alto, lanzó los zapatos. Uno de ellos se estampó contra la pared y, el otro, fue a estrellarse contra un marco de plata en el que se alojaba la fotografía de su novio: don Perfecto. El cuadro cayó estrellándose contra el suelo. El cristal se partió en mil pedazos que desfiguraron cómicamente la cara del confinado personaje.

A ella nada le importó. Ahora sentía que ese hombre era un extraño que nada tenía que ver con ella. No había en él nada que ella pudiera amar o desear. Por el contrario, estaba empezando a ver con claridad. El había tenido mucha culpa fomentando su neurosis obsesiva por la perfección que la había transformado en una persona exigente consigo misma e intransigente con los demás, en alguien que se lo estaba perdiendo todo en la vida. Y, por primera vez, estaba dispuesta a rebelarse contra ese yugo que siempre la había dominado y que en este momento la oprimía hasta asfixiarla.

Como por arte de magia se sintió libre y con ganas de descubrir el mundo. Añoraba ese mundo lleno de humanidad e imperfecciones donde viven el completo universo de los mortales.

Deseó escapar… Cogió unas cuantas cosas y se fue al pueblo a ver a sus padres. Ellos eran las únicas personas que eran suyas de verdad y que la querían. Deseaba empezar desde donde partió a ninguna parte, quería olvidar ese tiempo amnésico que había vivido sin darse cuenta.

Ya no era la joven que se trasladó a la ciudad a estudiar una carrera y labrarse un porvenir, sino la mujer que no había podido crecer porque se sumergió en un mundo perfecto donde no se crece, no se siente y no se vive.

Ahora, por fin, empezaría a vivir…

13 septiembre, 2011
Ana María Pantoja Blanco

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4 comentarios en “Cuando el enemigo está en ti”

  1. Hola Ana como dije me pasaría, solo he leído este, pero prometo leer más. Sin duda una gran enseñanza que todos deberíamos aprender en un mundo tan cuadriculado como este, romper las barreras vivir y ser imperfectos, esa es la auténtica perfección.

    ¡Saludos!

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  2. Una historia dura sin duda. Hay que procurar hacer bien las cosas y con un orden, pero es preciso concederse ratos lúdicos, darle gusto a los sentidos. Se es más feliz y se hace más felices a los que nos rodean.

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