Para Ángela a través del Alzheimer: aunque no puedas conocerme, te quiero…

Querida Ángela:

No tengo consuelo, no he podido despedirme de ti.

No puedo comprender como tu familia no ha sido capaz de llamarnos, a nosotras, a tus hermanas, que en otro tiempo éramos un todo… ¿Te acuerdas cuando nos reuníamos haciendo pacto para que nada ni nadie pudieran separarnos?

Recuerdo la última vez que nos vimos en casa de Rosa, nuestra pequeña Rosa. Te habías roto la cadera y llevabas un bastón. Pero tú, incluso tan lastimada, andabas erguida y tan coqueta como siempre. Como bromeábamos todas contigo porque parecías una marquesa. A partir de ese momento sufriste un declive y un deterioro imparable. Al poco tiempo te internaron, pensaron que sería lo más conveniente, en esa residencia tan lejos de cualquier parte donde era muy difícil ir a visitarte y donde el alzheimer se instalaba a sus anchas convirtiéndose en tu único compañero. Pocas veces pudimos ir a verte y pocas veces parecías estar allí, creo que decidiste irte pues no comprendías tan injusto destierro.

Ahora, sólo quiero acordarme de lo bonita que siempre fuiste y de cómo llamabas la atención de la gente que te miraba con envidia cuando pasabas majestuosamente por la calle. Tu hermosa melena rubia al aire, tu fascinante rostro, tu paso firme y decidido… una magnífica y espléndida mujer, un soberbio ejemplar del sexo femenino.

No tengo consuelo, he tenido que enterarme de tu muerte por una sobrina una vez que todo ha pasado. Ni siquiera tus hijas han sido capaces de llamarnos. ¿Para qué?, decidieron que hacía muy mal tiempo y que llegar hasta ti era muy peligroso. ¿Por qué no nos han dejado a nosotras decidir sí era o no peligroso? ¿Por qué nos han arrebatado el derecho a verte por última vez? Tu que te has sacrificado siempre por ellas dándoles una magnífica educación a costa de tu renuncia a tantas cosas y, ellas a cambio, no han sido capaces ni de llamarnos para acompañarte y rendirte un último y cálido homenaje de amor, que tanto merecías en tus últimos momentos.

Y no podemos ir ni a visitar tu tumba, pues también decidieron que la incineración era lo más práctico y conveniente. Aún te recuerdo diciéndonos que cuando llegara tu hora querías descansar en Asturias, esa tierra que tu tanto querías, con nuestros padres. Estoy tan indignada que tengo ganas de gritar pero, ni en eso han sido capaces de complacerte.

No tengo consuelo, sólo me queda recordarte plena, bonita, ingeniosa y serena, como tú siempre fuiste, nuestra hermana mayor, nuestro modelo y guía, nuestro norte, nuestra meta.

No puedo hacer otra cosa que escribirte esta carta sin dirección. En ella trataré de decirte todo lo que te quiero y todo lo que te he querido siempre, mi dulce hermana, mi sangre. Aunque, sí Dios existe, estoy segura que te hará llegar este mensaje a ese sitio allá donde te encuentres y donde algún día espero reunirme contigo. Y volveremos a hacer pacto de hermanas, un pacto inexpugnable, un pacto que ya nada ni nadie lograrán quebrantar.

No tengo consuelo, no creo que pueda perdonar nunca a tus hijas por el hecho de no haberme permitido despedirme de ti. Me duele tanto el alma que no se cómo calmar este sufrimiento por algo que, desgraciadamente, ya no tiene remedio. ¿Con qué derecho nuestros hijos se atreven a tomar estas decisiones, es que piensan que ya no somos personas? Es verdad que tú ya no nos conocías, no conocías a nadie, pues te habían encerrado en un mundo extraño e indiferente en donde ya no tenías acceso a la realidad. Pero, no dicen que para el amor no hay obstáculos y que el amor es capaz de destruir cualquier barrera. Entonces nuestro amor, nuestro calor y nuestro cariño sí se hubieran podido albergar en ti. Es tan terrible pensar que no te lo hayamos podido dar para que te lo llevaras contigo …

No tengo palabras ni tengo consuelo, sólo quiero que sepas que nunca podré olvidarte y que te amo con toda el alma.

Adiós hermana, te recordaré eternamente y siempre vivirás en mi corazón. Te quiero y siempre te querré, Elena.

21 junio, 2016
Ana María Pantoja Blanco

 

“El alzheimer borra la memoria, no los sentimientos” (Pasqual Maragall, político español)                 

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