Enheduanna, princesa, sacerdotisa y poeta, por Carmen González

(En la ilustración Inanna, diosa sumeria del amor y la sabiduría)

He estado enfrentándome durante semanas a la difícil decisión de elegir un personaje al que me hubiera gustado conocer. Difícil, digo, porque en realidad se pueden contar con los dedos de una mano aquellos por los que -de tener la oportunidad-, me hubiera tomado tal molestia.

Ya sé que esto puede parecer arrogante o prepotente. No lo es. Se trata simplemente de ahorrarme una decepción… Estoy convencida de que la Historia nos ha legado de sus grandes personajes sólo lo que unos pocos han querido que conozcamos. Y así, resulta imposible saber, por citar algún ejemplo, si Da Vinci era en realidad una persona deplorable además de sabio. O si no tendría Alejandro Magno una vena sociópata más allá de su ansia de grandeza. Siempre he sospechado que tras la mayoría de los grandes hombres y mujeres que han alcanzado la inmortalidad por una u otra razón, quizá se escondieron personas muy pobres y muy pequeñas.

Si, puede que yo sea un poco iconoclasta; nunca he podido evitar revisar las biografías de estas preeminentes figuras sin levantar una ceja y preguntarme qué se escondía detrás de estas vidas ejemplarizantes… Si quizás la trastienda oculta de su existencia no encerraba secretos que era mejor no conocer. No creo en la bondad del ser humano y, por tanto, las grandes proezas me parecen solo estrellas fugaces, destellos brillantes y efímeros en medio de un marasmo de oscuridad.

Así, perdida en mis dudas, hace tan solo unos días me vino un nombre a la cabeza. Enheduanna.

Me pregunté ¿Por qué no? Pues porque, en realidad no sabes casi nada de ella…, me dije. Quizás… Pero, ¿Cuánto sé a ciencia cierta de Hipatia de Alejandría, Leonardo, Miguel Angel, o Luisa de Medrano…? ¿Qué puedo decir de Cleopatra, Marco Aurelio, Gala Placidia o Teodora de Bizancio? Sólo lo que me han contado. Y por tanto… ¿Por qué no decir que me hubiera gustado conocer a aquella otra mujer cuya figura emerge, grabada en piedra, a través de las impenetrables nieblas de la Historia? ¿Y por qué no dejar que sea ella misma quien se muestre?

Mi nombre es EnHedu’Anna, princesa real de Akkad y Suma Sacerdotisa de la diosa Inanna.

Nací en Ur, en el reino donde se inventó la escritura, hacia el año 2285 a.C. Fui hija de la reina consorte Tashlultum y el rey Sargón I de Akkad, llamado El Grande, a quien la Historia reconoce como el primer gobernante de un verdadero imperio.  Mi padre, siendo aún un hombre joven, conquistó Sumeria tras vencer al rey Lugalzagesi de Uruk y a los reyes de las ciudades-estado de Ur, Lagash y Umma. Durante su largo reinado, extendió el poderío acadio desde la meseta entre los ríos Tigris y Éufrates, hasta los Montes  Zagros, Siria, Líbano y Anatolia.

Criada en palacio, recibí desde niña una esmerada educación; que a nadie sorprenda esto, pues en mi mundo las mujeres de la nobleza se preciaban de ser refinadas y cultas, dedicando su ocio a la música y la poesía. Mi padre tenía grandes planes para mí, y fue gracias a ellos que pude hacerme un lugar de honor en la Historia, porque soy –por si no lo sabéis aún-, la primera escritora conocida, la primera mujer que firmó sus palabras, la primera mujer que dictó leyes, la primera teóloga, la primera astrónoma y matemática… Y escribiendo, canté a la diosa Inanna, la Luna, nuestra protectora, y experimenté la dicha de escribir como un gran gozo, como parir, dar nacimiento a algo nuevo o alumbrar el mundo.

En Akkad, la Suma Sacerdotisa de los dioses Inanna y Nannar gozaba del mayor status dentro del gobierno; su nombre y el del monarca reinante eran los únicos que recogían las cronologías y registros históricos. Ella tenía la potestad de dictar leyes e impartir justicia en unión del soberano. Y fue por su puesto mi padre quien, en un atrevido movimiento político, me otorgó aquel cargo para ayudar a cimentar nuestro poder en el sur de Sumeria.  Desde el gran templo de Ur, donde pasé la mayor parte de mi vida, ejercí las altas funciones que me fueron encomendadas. Durante años, dirigí todas las actividades agrícolas y ganaderas, el comercio y la industria pesquera, nombré a los mandatarios de las ciudades, legislé y presidí tribunales de justicia, ordené la creación de varios observatorios astronómicos para estudiar las estrellas y la Luna, así como la realización de los primeros calendarios y estudios matemáticos.

Aquellos años llenos de trabajo y dicha se truncaron abruptamente a la muerte de mi padre. Uno tras otro, mis hermanos Rimush y Manishutusu asumieron el poder, pero sus reinados fueron un permanente guerrear por todo el imperio sofocando una rebelión tras otra. Todo lo construido con tanto esfuerzo se tambaleaba bajo nuestros pies. Los disturbios no cesaban a pesar del ahínco que poníamos en detenerlos. Desde mi ciudad, yo luchaba también como ellos por mantener el orden, aunque la situación fuera cada vez más desesperada. Recuerdo con dolor aquellos tiempos convulsos de ira y locura en los que no gocé de un solo instante de paz. Extenuada, atendía mis múltiples obligaciones cada día, con la sensación de agotar mis fuerzas apagando un incendio tras otro dentro de una ciudad que ardía por los cuatro costados… Mis dos amados hermanos, mis soberanos, cayeron como jóvenes árboles talados antes de tiempo, asesinados en conspiraciones palaciegas… Nuestra familia quedó por un tiempo abandonada a su suerte… Mi corazón hecho pedazos aún lloraba su pérdida cuando fui desposeída de todo rango y me vi obligada a partir hacia un exilio forzoso para salvar la vida. Lejos de mi pueblo, con la muerte pisándome los talones, mi alma halló consuelo clamando su aflicción ante la diosa, esperanzada en la convicción de que Ella impondría el orden sobre aquel caos.

Fue a tu servicio
que entré por vez primera
en el templo sagrado,
yo, Enheduanna,
la más alta princesa,
portaba la bandeja del ritual
y cantaba tu alabanza.
Ahora he sido arrojada
al lugar de los leprosos,
llega el día,
y la luminosidad
se oculta a mi alrededor.
Sombras cubren la luz
tamizada por tormentas de arena.
Mi bella boca sólo conoce la confusión
y aún mi sexo es ceniza.

El fuerte brazo de mi sobrino Naram-Sin, en quien renacieron las innumerables cualidades que hicieron grande a mi padre como guerrero y emperador, fue el que aplastó a las víboras que se disputaban el poder anegando en sangre, muerte y destrucción nuestra amada tierra. Bajo su mando, el imperio creado por Sargón alcanzó su cénit, controlando el Golfo Pérsico y las lejanas tierras de Omán y el Valle del Indo. Aún puedo verlo el día de su triunfo, con su armadura dorada, soberbio en su majestad, tocado con el yelmo labrado de largos cuernos al frente de nuestro ejército y los cabecillas vencidos. Yo estuve a su lado entonces, como lo estuve siempre. Restituida por él en todas mis funciones y con motivo de la gran celebración que tuvo lugar en el Santuario en honor a mi regreso, compuse este gozoso himno ceremonial en exaltación a nuestra diosa Inanna, el Nin-Me-Schara:

Oh, mi Señora
bienamada del cielo
he proclamado tu furia con verdad
ahora que su Sacerdotisa
ha regresado a su lugar,
el corazón de Inanna se restaura.
El día es auspicioso,
tu Sacerdotisa está engalanada
con hermosas túnicas
en femenina belleza
como la luz de la ascendente Luna.
Los dioses han aparecido
en sus legítimos lugares,
el umbral del Cielo exclama “¡Salve!”
Alabanza a la destructora dotada de poder,
a mi Señora envuelta en belleza.
Alabanza a Inanna.

Así regresé a mis mil amados quehaceres, deslizándome lenta y apaciblemente hacia el final de mi existencia. Tras mi muerte, seguí siendo tanto o más reverenciada que en vida… El pueblo oraba a los pies de mi efigie considerándome su intercesora ante los dioses, de manera que alcancé un status de semi-divinidad. Las múltiples composiciones que creé, copiadas una y otra vez sobre tablillas de arcilla, siguieron en uso en los templos de todo el imperio centurias después de mi marcha, muestra inequívoca de que eran tenidas en la más alta estima. De todas ellas, sólo 42, las que los eruditos denominan “Himnos de los Templos Sumerios” han llegado hasta hoy. Las demás fueron devoradas por las arenas del tiempo… o quizás algún día emerjan de las ruinas y el olvido.

Pero aún permanezco, inmortal, inmutable, testigo del tiempo que fue, que es y que será, mientras el mundo sea mundo y exista un ser humano que alce su mirada al cielo estrellado y contemple con reverencia el rostro de la Gran Diosa.

Oh, mi Señora, la Anunna, los grandes dioses,
aleteando como murciélagos delante tuyo,
vuelan hacia los farallones,
no tienen el valor de mostrarse
ante tu terrible mirada
¿Quién puede domar tu furia?
No un dios menor.

Tu indómito corazón está más allá de la templanza
Señora, tu apaciguas los reinos de la bestia,
Tú nos haces felices
¡Oh, hija mayor de Suen!
¿Quién te ha negado alguna vez reverencia,
Señora suprema sobre la Tierra?

20 enero, 2015
Carmen González

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3 comentarios en “Enheduanna, princesa, sacerdotisa y poeta, por Carmen González”

  1. Carmen, como siempre investigadora nata, nos ofrece una parte de la historia de la humanidad, esa historia o prehistoria que ha partido del Ser Humano desde que está en el planeta Tierra, con sus dioses, sus guerras, sus conquistas, sus logros, sus olvidos, sus renaceres. Me ha gustado Carmen, me ha gustado mucho.

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