Los ocultos sentimientos de Clara

¿Cómo puedo seguir sin darle sentido a mi vida?… -se preguntaba Clara-, que ya no cumpliría los cuarenta años, pues los había superado con creces.

Siempre a su lado, callada, sumisa, esperando su oportunidad. Él, ajeno a las expectativas de Clara, vivía la vida intensamente, sin preocuparse de nada más.

Yo creo que Juan nunca se había enamorado, tenía mucho éxito con las mujeres porque era simpático, atractivo, buena situación económica y, además, era un poco sinvergüenza todo hay que decirlo, cosa que no se por qué extraña razón encanta a las mujeres. Quizá sea porque su conducta induce a las féminas a querer redimirle y transformarle, y eso constituye un estimulante reto. Pero él no quería ser de otra manera, en absoluto. La vida que llevaba le divertía, le gustaba, y sentir que era un irresistible seductor le encantaba. Por otra parte, nunca le había interesado demasiado ninguna mujer como para que pudiera hacerle cambiar.

Clara trabajaba con él, era su fiel secretaria, confidente y cómplice de tantas historias escabrosas en las que nunca fue protagonista. De alguna manera su conducta la escandalizaba, a veces llegaba a ser muy cruel cuando quería cortar de raíz una relación, pero nunca se atrevió a censurarle.

Él la apreciaba, se había acostumbrado a ella, muchas veces le había sacado de algún que otro apuro, y sentirla a su lado le daba calma y seguridad, pero nunca la había visto como una mujer a la que amar, sino como una amiga en la que podía confiar y era capaz de perdonarlo todo.

Él vivía, se divertía y hacía todo lo que quería. Ella, por el contrario, sólo existía para él, para estar allí siempre que la necesitase. Cuando la buscaba, ella no le pedía nada a cambio, le bastaba con verle todos los días, notarle cerca, hablarle, pues estaba completamente enamorada de él.

A veces comían juntos, como colegas, y él disfrutaba contándole los detalles de sus relaciones y amoríos. Ella fingía divertirse con las historias que, en el fondo tanto la fastidiaban, y le escuchaba con interés total pero disimulado, nunca se había atrevido a confesarle el amor tan irracional que sentía por él, no quería que descubriera su secreto, además, tenía seis años más que Juan, algo inconveniente que consideraba como un gran obstáculo.

Así que, a su edad, aún no había encontrado otro sentido a su vida que no orbitase alrededor de Juan. Inexplicablemente se había resignado, cosa inconcebible siendo una mujer atractiva, culta y extraordinaria, y con una gran personalidad de cara a la galería.

Había tenido siempre muchos admiradores y no le faltaban proposiciones para salir, pero no quería saber nada de nadie, estaba consagrada a Juan en cuerpo y alma, e ignoraba por que extraña razón le idolatraba y sólo tenía ojos para él. Los demás sólo pasaban por su vida de puntillas pues ella no les permitía hacer ningún ruido.

Un día él llegó muy apesadumbrado al trabajo, ella notó enseguida que algo le pasaba, pero no quería molestarle, esperaría a que él quisiera comentar, como solía hacerlo, lo que le ocurría. Se pasó el día observándole, discretamente, intentando encontrar una respuesta a su sombrío estado de ánimo.

Clara, ¿puedes venir? -le pidió Juan.

-Dime Juan, ¿qué pasa, te noto triste?

-Bueno, estoy desolado, mi madre ha muerto y mi hermano no ha sido capaz de avisarme sabiendo que estaba muy enferma, para que yo pudiera despedirme, alegando que yo nunca me preocupaba de ella, ni la llamaba. Y, en parte tiene razón, vivo la vida sin pena ni gloria, sin darle valor a las cosas que verdaderamente lo tienen, apenas la he llamado en estos últimos años. Estoy tan arrepentido por haber desaprovechado el tiempo y no haberla disfrutado ni atendido lo suficiente. Me siento fatal, he sido un miserable egoísta que no he pensado más que en mí.

Salgo esta tarde de viaje, voy a ver a mi madre aunque todos me desprecien, quiero acompañarla en su partida de este mundo y honrarla en su entierro. Ya sé que es tarde y estoy tan avergonzado que debo pasar por ese mal trago para purgar mi pecado por no haber sabido ocuparme de ella. Esta situación ya no tiene remedio, he sido un mal hijo que pensaba que la tendría aquí para siempre, de alguna manera tengo que pedirle perdón.

Clara estaba conmovida porque le adoraba y él estaba destrozado, aunque sabía que en el fondo tenía razón. Era egoísta y vivía sólo para él. Ahora se sentía vacío porque estaba vacío. Todos estos años había estado engañándose con su conducta impostada, pero lamentablemente, ahora tenía que enfrentarse solo a todos los errores de su fracasado comportamiento.

No tenía amigos, sólo amigotes con los que salir a tomar unas copas. Clara era su única amiga y con su familia las relaciones no existían, pues el nunca se había preocupado de mantenerlas.

¡Qué solo se sentía!…

Ella no quiso justificar su equivocada trayectoria, no lo merecía, ya no servía de nada reírle las gracias. Si de verdad le quería debía enfrentarse a él confesándole la verdad, diciéndole que madurara y que desde ese día debía ser honesto con todos, empezando por el mismo. Debía pedir perdón también a la familia y demostrarle al mundo que ya no sería un Don Juan sin escrúpulos sino una persona sincera y juiciosa.

Ella comprendió que, a partir de ese momento, debía dejarle. Después de confesarle su amor, de sincerarse con él, se despidió con un simple beso. No era tarde para emprender un nuevo camino y quería dejar atrás ese lastre que durante años le había impedido tener una vida propia.

Juan le agradeció a Clara todo su cariño y amistad, qué ciego había estado por no haber sabido reconocer a la única persona que merecía la pena en su vida. Hoy, por primera vez, la había mirado con otros ojos reconociendo que era la persona más hermosa que jamás había conocido. Pero, no la merecía, quizás con el tiempo pudiera demostrarle que era digno de ella y volviera a buscarla. Aunque, ahora, tenía que crecer como persona y dejar atrás su inservible pasado, ese sería su presente y su mayor prioridad, encontrarle un nuevo sentido a su vida.

17 abril, 2019
Ana María Pantoja Blanco

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