La gran grillesta, de Marta Huerta

Los últimos días los ensayos eran cosa de locos. Tras un invierno tranquilo, al fin y al cabo era temporada baja, y los conciertos se suspendían debido a la climatología adversa, por fin, en la primavera, comenzaron las primeras prácticas.

El director era perro viejo, si se puede llamar perro a un anciano grillo, muy digno él, con el frac reluciente y una batuta con la que poner orden, que había perdido el brillo, por su continuo uso en las últimas temporadas.

Y es que el señor Grillector se las traía. Realmente había que tener mucho carácter y una paciencia de santo para aguantar tanto ego suelto. Los integrantes de la Gran Grillesta eran elegidos entre lo mejor de lo mejor en audiciones que recorrían todo el Parque Redondo de una punta a otra. Y sólo las antenas más sobresalientes y más virtuosas eran las elegidas. Para afinar sus cualidades, los aspirantes debían de dedicar muchas horas nocturnas a ensayar y ensayar, para lograr algo digno de la más conocida de las grillestas, cuya fama iba más allá de sus fronteras. Incluso sus actuaciones eran reclamadas en Bosques y Praderas y hasta en el mítico Campo del Campanario.

El altísimo nivel de la grillesta era resultado de un buen proceso de selección. Los artistas se presentaban a las audiciones por cientos y realmente el jurado lo tenía difícil para elegir, entre tanto candidato, a los veinte afortunados que formarían parte de esa gran familia. No estaba nada ganado y todas las temporadas se partía de cero en la selección. De nada servía haber pertenecido al grupo durante la temporada anterior, solo La Prueba Anual elegía a los machos de ese verano.

Era el primer día de ensayo con los nuevos miembros que, nerviosos, se alineaban en la Sala de Ensayo, un lugar escogido por su gran sonoridad, debajo de un aligustre.

Había un veterano, Griñón le llamaban, por su mal carácter, que era elegido todos los años. Era un especialista en los tonos altos y cuando frotaba sus élitros alcanzaba un Mi sostenido que ponía las antenas de punta. Eran muchas las grillas que perdían el sentido ante su virtuosismo.

Pero aquella temporada le salió un duro competidor, llamado Grilegre, que le hizo hervir su sangre fría hasta la ebullición. Lo que a los demás les costaba muchos esfuerzos y horas de ensayo, el joven dicharachero frotaba sus alas con descuido hasta arrancarles a éstas unos sonidos maravillosos.

Y llegó el día del estreno. Una ocasión muy esperada por los asistentes del Parque Redondo. La expectación hacía murmurar a los cientos de asistentes. Aquello parecía un gallinero hasta que el Grillector puso orden con un gesto de autoridad al alzar la varita.

Los murmullos se fueron apagando y se hizo el silencio. Comenzó el primer concierto de la temporada. Los tenores comenzaron la serenata, y pronto se les unieron los barítonos, los bajos y por último los contratenores.

Un poco más abajo, en una plataforma, pulida hasta sacarle brillo como un espejo, el espectáculo era acompañado por el aleteo iridiscente de las grillarinas. Éstas agitaban silenciosamente sus alas, consiguiendo, al sol de los músicos, que los colores verdeazulados y azul verdosos se les revelaran en un sinfín de bellos tonos, que eran multiplicados por mil gracias a la superficie espejada.

Como postre se esperaba el dueto final. Era tradición que, en la noche del estreno, los dos artistas mejores de la Gran Grillesta compitieran entre sí. El público era quien, por aclamación, proclamaba al vencedor.

En temporadas anteriores, había resultado ganador Griñón, un gran tenor. Y cuando éste avanzó unos centímetros hacia el comienzo de la tarima, el griterío de admiradores fue ensordecedor. Tras él, el barítono Grilegre se colocó a su lado.

Comenzaron los lances. Al cantar de uno, le seguía el del otro. Realmente, la calidad de la actuación de ambos era sensacional. Y, al principio, los nervios le perdieron al novato.

La profesionalidad de Griñón iba ganándole al barítono. Pero éste, tras los primeros minutos, que le sirvieron para calentar las alas, comenzó a sentirse más a gusto con los sonidos que iba arrancando a sus élitros. La confianza en sí mismo aumentó y por fin todos pudieron escucharle en todo su esplendor.  Los espectadores jamás habían oído algo tan bello.

Cuanto mejor cantaba más nervioso se iba poniendo su rival, que muerto de celos, comenzó a desafinar y cuanto mejor lo hacía Grilegre peor cantaba Griñón.

El Grillector, misericordioso con el tenor, agitó la varita y dio por terminado el espectáculo. No hacía falta que se dijera nada más. Las ovaciones hacia el novato duraron minutos, que al perdedor se le hicieron horas.

Cuando Grilegre pudo retirarse a los grillerinos, el resto de la grillesta le siguió para felicitarle. Después de todas las enhorabuenas, de golpe, sin saber cómo, se encontró solo con su rival. Éste tenía el duro rostro dominado por la ira. Sus ojos se salían de las órbitas en una mirada malvada y negra.

Se acercó a él, ciego de envidia. Se le echó encima. Grilegre vio sus intenciones, pretendía arrancarle una de sus valiosas alas.

  • ¡Socorro!- gritó el joven. Sin sus alas jamás atraería a una hembra de provecho.
  • ¡Alto, Griñón!- era el Grillector, que había aparecido en la entrada del grillerino, alertado por los gritos del joven. Blandía su varita, amenazador.

Éste se quedó paralizado, ante el grito del líder de la grillesta. Le soltó.

  • ¡Solo estaba felicitándole!- protestó, mientras se apartaba del ganador del dueto.

Pero el Grillector no le creyó y fue expulsado del grupo. La Gran Grillesta, ese verano, continuó su gira y cosechó incontables éxitos con sus diecinueve miembros y su joven estrella. Y de Griñón nunca más se supo, la historia corrió como la pólvora y tuvo que esconderse en el agujero más profundo de Parque Redondo.

23 abril, 2018
Marta Huerta

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