El llanto de la rosa, de Silvia Vicente

Corría el año 1190. Los cristianos habían ido ganando territorios a los moros y judíos tras cruentas batallas, aunque al mismo tiempo, convivían todos sin grandes problemas.

Ilan Ben Yusef era un judío que había vivido en Sevilla, donde había sido consejero del Califa con quien mantenía una buena amistad. Sin embargo, ante la llegada de los cristianos, tuvo que romper esa valiosa amistad y abandonar la ciudad para trasladarse a Toledo. Allí hizo construir una casa similar a la que habitaba en Sevilla con su hija Yasmine y unos cuantos criados. Era lujosa y sus jardines estaban llenos de árboles, flores y estanques con surtidores. A los cristianos no les caía bien el judío, pues ellos no gustaban de lujos sino de austeridad, aunque les convenía tratarle bien ya que había puesto sus conocimientos de economía al servicio del rey Alfonso y éste no estaba de momento dispuesto a eliminar a tan valioso personaje, ya que los cristianos eran buenos guerreros, pero de números sabían poco.

A Yasmine, que vivía ajena a las intrigas políticas, le gustaba cultivar rosas en el jardín, era su afición favorita. Las había de todos los colores. La que más le gustaba a ella era una gran rosa de color azul que olía muy bien y que mediante injertos había conseguido que no tuviera espinas. Ella, que estaba orgullosa de su logro, no quería que nadie la viese porque había decidido sorprender a su querido padre regalándosela el día de su cumpleaños. Y, cuando llegó el momento, se dirigió al jardín con unas tijeras para cortarla, pero ¡oh sorpresa! no pudo hacerlo, pues el tallo era tan duro que las tijeras no consiguieron ni siquiera arañarlo. Yasmine asombrada, se sentó frente a la rosa y la estuvo contemplando largo rato sin acertar a comprender por que el tallo era tan duro.  De pronto, vio que por los pétalos de la rosa resbalaban gotas de agua que bajaban por el tallo hasta el suelo y allí formaban un charco que se teñía de rojo como si de sangre se tratara.

Asustada corrió a donde estaba su padre y le contó lo que le había pasado. Él, incrédulo, le dijo a su hija que no podía haber un tallo de rosa tan duro que una buena tijera no pudiera cortar. Cuando llegaron al arriate, la rosa de un bello color azul brillaba como un lucero y su tallo estaba erizado de agudas espinas.

Yasmine entonces comprendió y, echándose a llorar pidió perdón a la rosa tan bella, por haberla querido separar de su tallo. Y le pareció ver que la rosa se inclinaba y juntaba sus hojas en un gesto de agradecimiento. Ilan Ben Yusef posó su mano sobre el hombro de Yasmine y le dijo: nunca cortaremos esta bella rosa cuyo tallo se cubrió de espinas para defenderse y que es el símbolo del amor y de la belleza que el hombre siempre debe proteger.

Y cuentan que al cabo de un tiempo la rosa engendró capullos que crecieron igual de hermosos que ella y que, también como ella, tenían agudas espinas, seguramente como símbolo para recordar a los hombres que deben proteger todo aquello que hace amable la vida.

Mientras esto sucedía el rey Alfonso, en su camino a Granada, se detuvo unos días en Toledo. Yasmine, por encargo de su padre, preparó una pequeña jardinera de rosas azules y la llevó como presente al rey. Este quedó impresionado por la belleza de las flores, pero más aún le impresionó la belleza de la judía, de la que se enamoró perdidamente. Y, por tenerla cerca, le pidió a Ben Yusef que le enseñara el jardín del que habían salido tan bellas flores, cosa a la que él accedió complacido.

Así fue como nació un apasionado amor entre el rey cristiano y la bella judía. Ben Yusef preocupado por las consecuencias de ese amor, que no parecía pasajero, habló con su hija y le hizo comprender lo inconveniente de esa relación. También, sus consejeros le recordaron al Rey que su esposa le esperaba en Burgos y que tenía que cumplir con la misión que le había traído a Toledo: preparar a las tropas para el paso de Sierra Morena.

Y también cuentan que, arrepentido de su locura de amor, regresó a Burgos aplazando la campaña en Al Andalus. Que hizo acto de contrición e intentó olvidar a Yasmine, algo que no consiguió pues las rosas azules que se llevó con él crecieron y se multiplicaron, y se la recordaron durante toda su vida.

Pasado el tiempo, Yasmine, superada la tristeza por la ausencia del rey, conoció a un apuesto joven cordobés que la ayudó a olvidarlo y con quien acabó siendo muy feliz.

1 febrero, 2011
Silvia Vicente

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