El capricho de Matthew

(En la foto, Rockefeller Center en Navidad, Nueva York)

Lo primero, desearos ¡Feliz Navidad a todos!… y, ahora paso a contaros la Navidad tan extraordinaria que tuvo nuestro protagonista de hoy.

Matthew era un niño de trece años que vivía en un barrio residencial de Nueva York. El famoso Upper East Side, uno de los barrios más elitistas de la ciudad situado en el distrito metropolitano de Manhattan, pegando con Central Park. Allí se pueden encontrar los mejores colegios públicos y privados, prestigiosas universidades e incluso los hospitales más famosos por atender a célebres personajes mundialmente conocidos. En él también viven artistas del nivel de Woody Allen o Scorsese, por poner un ejemplo.

Matthew vivía allí porque era rico, mejor dicho, muy rico, con eso quiero decir que nunca le faltó nada. Sus padres le mimaban mucho y le daban todo lo que quería. Se lo podían permitir porque ganaban el dinero a espuertas, ya que eran los fundadores de una multinacional muy potente que ingresaba una fortuna con solo mencionar su reputación.

Sin embargo, Matthew no era del todo feliz. Sí es verdad que sólo con decirlo se le cumplían todos sus materiales deseos, que a la postre no eran más que caprichos, pero el sentía que ya ni eso le satisfacía.

La otra persona protagonista de nuestra historia era Dominica, una mujer de por entonces cuarenta y cuatro años que trabajaba desde siempre en su casa, podríamos decir que era prácticamente ella quien crió a Matthew. Cuando él nació ya estaba allí, así que siempre había formado parte sustancial de su mundo y de su entorno.

Dominica era, como decirlo, la empleada de confianza de la familia. Se había ganado ese puesto a pulso por ser una mujer honesta, responsable y, como se suele decir, con la cabeza muy bien amueblada.

Dominica nació en Italia. Nunca se había casado, no tuvo tiempo porque había consagrado buena parte de su vida al servicio de la familia y de Matthew. Su cariño por el niño era auténtico y no le gustaba nada que se le consintieran todos sus caprichos, pero en ese aspecto poco o nada podía hacer, solo intentar inculcarle sensatez y buenos sentimientos de generosidad hacia los demás.

Un día Dominica recibió una llamada de Potenza, ciudad situada en las colinas de los Apeninos, capital de Basilicata, una de las regiones más pobres del sur Italia. Allí vivía su familia. Su hermana la llamó para que fuera por Navidad a ver a su madre, ya estaba muy mayor y su salud era muy precaria. Sofía, que así se llamaba su hermana, la había llamado porque temía que la anciana mujer no pasara de aquella Navidad. Además, todos tenían muchas ganas de verla porque hacía más de diez años que no había vuelto por allí.

El niño, pese a lo caprichoso que era, a Dominica también la quería, la quería mucho. Y, estaba tan acostumbrado a ella que no recordaba que hubiera faltado un solo día en casa. Por eso, pensar en que se tuviera que ir no le gustaba nada.

Los padres de Matthew, para sorprenderle una vez más, habían pensado llevarle de viaje con ellos a pasar la Navidad en un fastuoso crucero que recorrería las ciudades más hermosas y emblemáticas del Mediterráneo. Viajarían en un magnífico barco lleno de lujos, de divertidas fiestas y de toda clase de atracciones que harían las delicias de cualquiera.

Matthew, que ya había hecho cruceros antes, pensó que nada de eso podría sorprenderle, aunque fuera Navidad. Enterado de la decisión de Dominica de viajar al sur de Italia a ver a su familia, se atrevió a pedirle que le llevara con ella, sería una nueva aventura para él y muy diferente a las demás. Los padres se irían de crucero de todos modos pues también iban a viajar con unos amigos, además tenían confianza ciega en que Dominica cuidaría bien de él.

Como os estoy contando, a Matthew nunca le habían negado ningún capricho, ni tampoco lo hicieron en esta ocasión. Así que el niño se fue con Dominica a conocer a su familia. Los padres se ocuparon de organizar y de pagar todos los gastos del viaje a través de una prestigiosa agencia, para asegurarse de que su hijo viajaría en las mejores condiciones posibles. Le dieron un dinero extra a su leal sirvienta para que al niño no le faltara nada en sus días de estancia en Italia, también para que comprara regalos a todos sus familiares y para poder invitarlos en algún que otro restaurante.

El viaje fue algo pesado, tomaron un avión hasta Roma y luego tuvieron que hacer escala para llegar a Nápoles donde pernoctaron. Al día siguiente les recogería un coche en el hotel para llevarlos a Potenza, aún les quedaban casi doscientos kilómetros para llegar a su destino y no por muy buenas carreteras.

(Potenza, capital de Basilicata)

El niño llegó a Potenza bastante cansado pero muy contento y con ganas de conocer un mundo muy distinto al que estaba acostumbrado. La casa de la familia de Dominica era muy grande, aunque modesta. Resultaba muy acogedora porque estaba llena de amor, sus ocupantes formaban una agradable familia que se quería y se respetaba. Allí vivían su hermana, su marido y sus tres hijos; además de la abuela, su madre, que era ya muy mayor. El abuelo había fallecido años atrás. La anciana, aunque delicada de salud, era muy querida y estaba muy bien cuidada.

Cuando Dominica se encontró con su madre y con su hermana, después de tan largo tiempo, se emocionó mucho y contagió su emoción a todos. También se conmovió al abrazar a sus sobrinos, unos niños muy guapos a los que apenas conocía. Luego les presentó a Matthew, que fue muy bien recibido. Aunque él no hablaba mucho italiano algo entendía, y lo que no pillaba Dominica se lo explicaba.

Sofía, tenía un chico de la edad de Matthew, era Salvatore; una niña de doce años que se llamaba María y, otro más pequeño de seis, Luca. Salvatore enseguida hizo buenas migas con Matthew y su hermana María también. El pequeño era otra cosa, era pequeño.

La Navidad transcurría tranquila y todos eran felices, sobre todo la abuela que había recibido el hermoso regalo de ver y poder abrazar de nuevo a su hija mayor. Los regalos que les llevaron Dominica y Matthew fueron para ellos una maravillosa sorpresa que agradecieron y disfrutaron al máximo, no estaban acostumbrados a tanta lisonja, sus vidas eran muy sencillas.

Una mañana amaneció extraña, los pájaros parecían huir y no se movía ni una hoja. El frío de días anteriores parecía haberse desvanecido, el viento había cesado, la atmósfera era espesa, todo era inusual…

Las mujeres estaban cocinando, olía a gloria; los niños acababan de colocar al Niño Jesús en el Belén y ahora estaban poniendo la mesa para celebrar la cena de Nochebuena.

De pronto se oyó un gran estruendo, como si las montañas se hubieran quebrado dando un gran grito de dolor. Todo empezó a temblar, era espantoso, las paredes y las cosas empezaron a caer bruscamente golpeando brutalmente a la familia y destrozando la casa, el polvo de los escombros lo cubría todo, la oscuridad era total y casi no se podría respirar. El terror y los gritos de las personas se oían por todas partes pidiendo auxilio.

Matthew no perdió ni por un instante la consciencia y, no se sabe porque extraña razón, no tenía miedo. Empezó a llamar con impaciencia a los niños, sus nuevos amigos, y a apartar como podía los escombros buscándolos. Pero era inútil, era sólo un niño, no tenía suficiente fuerza para retirar los cascotes que todo lo cubrían.

Entonces se acordó de que Lucciano, el marido de Sofía, tenía una vieja emisora de radio aficionado con la que se entretenía contactando y saludando a sus amigos. Consiguió encontrarla y conectarla, parecía un milagro que funcionase, pero transmitía. Entonces, se puso a pedir ayuda desesperadamente que, gracias a él, no tardó en llegar.

El terremoto había sido devastador, casi ninguna casa de Potenza había conseguido mantenerse en pie, todo había quedado arrasado. Cuando Matthew consiguió salir al exterior, junto con algunos otros supervivientes, trabajó incansablemente para buscar a Dominica y a sus familiares. Tan solo lograron sobrevivir los tres niños; el pequeño fue el último que rescataron. Luca estaba muy mal herido debajo del cuerpo de su madre, había muerto intentando protegerlo, eso le salvó. Dominica también se había librado, por suerte o por acto reflejo se había refugiado con sus otros dos sobrinos y Matthew debajo de la escalera. El padre, Lucciano, y la abuela, también habían muerto aplastados por las grandes vigas del techo.

El dolor de los supervivientes era descomunal, por los familiares fallecidos y por los niños que se habían quedado huérfanos. En nuestro caso, a esos tres niños ahora sólo les quedaba su tía Dominica y Matthew, que no vaciló un instante en querer llevárselos con él para que vivieran en su casa, serían sus nuevos hermanos.

Los padres de Matthew, alertados por las autoridades italianas, fueron a buscar a su hijo y se encontraron con la horrible tragedia que asolaba Potenza. Eran ricos, pero eso no les impedía ser personas bondadosas. Ofrecieron a los niños su hogar y su protección, ante la gran complacencia de su hijo y de Dominica. Luego, una vez cumplimentados y solucionados todos los requisitos legales, satisfactoriamente resueltos por los eficaces abogados de la familia de Matthew, se le otorgó la custodia de los niños a Dominica como pariente más cercano. A continuación, todos juntos regresaron a Nueva York, donde Luca pudo recuperarse totalmente en uno de los hospitales pediátricos más reconocidos de la ciudad.

También, a través de su empresa, los padres de Matthew enviaron una gran cantidad de dinero a las autoridades de Potenza para que pudieran atender las necesidades más urgentes de los supervivientes del brutal cataclismo.

Después de esta amarga experiencia Matthew había aprendido muchas cosas, ya no era caprichoso, las cosas materiales dejaron de interesarle. Se había hecho más humano y responsable, ahora formaban una gran familia de la que ocuparse y sentirse orgulloso, eso era mucho más importante.

Todos recibieron una buena educación y fueron a la universidad para labrarse un sólido porvenir. Con el tiempo, María y él se enamoraron y, más tarde, se casaron.  La verdad es que formaban una pareja prometedora con todo un futuro por delante para realizar sus sueños.

Y, María, pudo cumplir su deseo de volver a la ciudad que la vio nacer, donde reposaban sus padres, sus abuelos y todos sus antepasados. En Potenza se compraron una casa para ir ocasionalmente y para nunca olvidarse de su querida familia y sus orígenes. Juntos lideraron ambiciosos proyectos cuyo propósito era participar en la reconstrucción de la ciudad, que aún no se había recuperado del todo de la tremenda tragedia sucedida años atrás.

Al final, el capricho de Matthew de viajar a Italia había preservado del olvido a esa población tan cruelmente devastada por el terremoto, que tuvo lugar en los años ochenta.

Matthew y María fueron y siguen siendo muy felices. También tuvieron tres hijos, esta vez dos niñas y un niño. Y, juntos, supieron dar un efectivo sentido altruista a sus vidas y a su inmensa fortuna.

15 diciembre, 2019
Ana María Pantoja Blanco

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