La bruja aburrida

Aradia era una bruja muy hermosa. Al contrario de lo que pasa con la mayoría de las brujas, que suelen ser feas y desagradables, ella era muy bonita.

Cuando nació, su madre Diana, la vio tan preciosa que le puso el nombre de Aradia, que significa reina y protectora de todas las brujas en general.

Como todas las pequeñas brujitas, desde muy niña aprendió a hacer hechizos, conjuros, bebedizos y toda clase de utilidades mágicas que sus maestras la enseñaron para graduarse con honores como bruja de primera. Como tenía muy buenas aptitudes, lo aprendió todo enseguida y a la perfección. Aunque, en realidad, no le interesaban demasiado estas asombrosas habilidades, la aburrían mucho, porque a ella lo que más le gustaba era viajar y conocer mundo. Sólo las ponía en práctica cuando se encontraba con personas que abusaban de los demás a las que, sin dudarlo, les daba su justo merecido.

Una vez se encontró con un grupo de chicos que estaban acosando a una pobre muchacha en la puerta de un instituto. La chica les hacía mucha gracia porque estaba más que gordita y ellos no paraban de meterse y burlarse de ella con una gran crueldad. Entonces, Aradia, mirándoles fijamente a los ojos les auguró que, en un plazo de pocas semanas, duplicarían su peso y se convertirían en muchachos obesos con pocas ganas de volver a burlarse jamás de nada ni de nadie. Y, a la chica, con un guiño, la transmitió un gen que en poco tiempo regularía su peso y la convertiría en una esbelta mujer con un cuerpo espectacular digno de admiración.

Así ponía en práctica todo lo aprendido, dando a los seres perversos una justa lección y una buena ración de su propia medicina. Sí maltrataban animales los convertía en burros por algún tiempo o, sí no trataban bien a las personas mayores, los convertía en ancianos prematuros con fuertes dolores y molestos achaques. Y, sí se atrevían a abusar de los niños, los convertía en estatuas de piedra o algo peor, el tiempo que consideraba necesario para que espabilasen y no lo volvieran a hacer.

Aradia también era muy curiosa y cuando se aburría, para distraerse, se convertía en una bella mariposa que se introducía en las casas para observar a las personas y ver cómo vivían, eso la cautivaba. Así aprendía mucho de los seres humanos y de sus vidas, y eso la convertía en un ser más sabio y juicioso.

Un día se coló en el estudio de un pintor y se encontró con un muchacho que acababa de terminar un hermoso cuadro, pintaba tan bien y había diseñado un paisaje tan ideal, que ella quería entrar en ese fascinante espacio para explorarlo.

No lo había hecho nunca, pero intentó darle vida a la pintura y, tras unas palabras mágicas, contempló atónita como el agua corría a raudales por el riachuelo. Pudo oler las flores que perfumaban el ambiente y ver como de la chimenea de la casa representada en el cuadro salía humo. Había conseguido lo imposible, podía crear un mundo a su medida con tan sólo desearlo.

Para evitar suspicacias, sumergió al muchacho en un estado como hipnótico y le cogió de la mano para que le acompañase a conocer su grandiosa obra. Entraron en el cuadro y pudo notar como el aire le daba en la cara y como el sol que despuntaba en el cielo la iluminaba y calentaba. El la enseñó todos los recovecos de la campiña que había dibujado y juntos entraron en la asombrosa casa que había pintado. Aunque era bastante grande también era muy acogedora, y juntos estuvieron allí muy a gusto fisgoneando y disfrutando de todos sus idílicos rincones.

De pronto, Aradia recordó que debía irse a su casa de la residencia de brujas, su madre se preocuparía mucho si no llegaba a cenar a la hora. Entonces indicó a su acompañante que tenía que volver y ambos regresaron al mundo real. Ella le dejó en un sillón, medio adormilado y feliz, recordando la asombrosa experiencia vivida como un maravilloso sueño.

Erwin, que así se llamaba el muchacho, se había enamorado perdidamente de la bella brujita que había conocido en su sueño y no se la podía quitar de la cabeza.

Empezó a pintarla con el irresistible anhelo de recuperarla, poniendo en funcionamiento su prodigiosa imaginación, porque no quería olvidarla y aún se acordaba perfectamente de su bello rostro, como lo había visto en su fantástico sueño. Cuando terminó pudo comprobar que era idéntica, era ella, parecía que estaba viva y que casi podía hablarle.

Pasaron unos cuantos días hasta que Aradia, aburrida de nuevo, tuvo el impulso de volver a ver al muchacho para sumergirse con él en alguno de esos hermosos cuadros que pintaba. Esta vez no quiso abstraerle en un sueño hipnótico, quería que Erwin la conociera y a su vez conocerle, tocarle y saber cómo se sentía él.

Al verla, Erwin creyó que se había producido un prodigio. Pensó que la muchacha había cobrado vida por el enorme amor que le profesaba y sus ardientes deseos de verla. No pudo aguantarse más y la besó. Ella sintió algo muy especial por primera vez en su vida, un sentimiento perturbador y a la vez emocionante que no conocía, pues nunca antes se había enamorado.

Y, desde entonces, apenas se separaron. Juntos exploraban el mundo que ella tanto ansiaba conocer, Erwin no tenía más que pintarlo. Navegaron y sondearon el mar, conociendo a las extraordinarias criaturas que lo habitaban.

También visitaron idílicas ciudades soñadas, paisajes increíbles y planetas desconocidos. Todo lo que deseaban lo pintaba Erwin y su aventura se hacía realidad, nunca habían sido tan felices.

Ella había encontrado su destino y le había dado sentido al don mágico que se le había concedido. Aradia comprendió que había sido elegida para eso, no era una bruja, era un hada omnipotente y bondadosa.

Entonces deseó invitar a todas las brujas de su clan a conocer a Erwin y quiso que la comprendieran, no podía ser bruja por más tiempo, ahora sólo deseaba ser un hada que mejorase el mundo y ser feliz con la persona que más quería.

Diana, su madre, y el resto de su familia, como la querían mucho la entendieron y desearon a la pareja toda clase de venturas. Las hechiceras también habían aprendido que sólo las malas personas serían objeto de sus sortilegios para ser castigadas y que a las buenas las ayudarían a realizar sus sueños y sus buenos deseos.

Así también Aradia, como reina y protectora de las brujas, les había cambiado su oscuro cometido para hacerlas más felices y útiles a toda la sociedad.

Y colorín, colorado, este cuento de brujas se ha terminado.

27 octubre, 2019
Ana María Pantoja Blanco

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