Caminaba con paso lento pero firme, camino de su tienda de libros de segunda mano situada en la pequeña callejuela adyacente al puerto.
Caminaba con las manos dentro de los bolsillos de su desgastada gabardina, con el cuello subido, abrazado por la descolorida bufanda que en su día le había regalado su madre por la fiesta de Reyes.
La niebla envolvía todos los edificios de la calle y Oliver apenas podía divisar con nitidez lo que se encontraba a pocos metros de él. El invierno estaba a punto de comenzar y el frío ya había hecho su aparición en la pequeña ciudad portuaria del norte del país, donde habitaba desde que era niño.
La niebla hacía su presencia cada día desde semanas atrás y apenas desaparecía cuando caía la tarde. Oliver seguía con su rutina invariable, como cada mañana en su trayecto hacia la destartalada librería que le había dejado en herencia su madrina Emilia al fallecer. Era difícil calcular la edad de Oliver, pues no era joven, pero tampoco anciano; podría decirse que era de mediana edad. Su delgado cuerpo, de no gran estatura, se mantenía erguido con una espalda recta, doblada solo por el peso de su melancólico espíritu. Las canas empezaban a cubrir su cabello y su rostro lucía una desaliñada barba que delataba más su pereza para el arreglo personal, que una estética acorde con las tendencias al uso. Oliver, al correr de los años, se había adaptado a su función de librero, pero apenas le dedicaba tiempo a poner orden en los libros almacenados en sus polvorientas estanterías.
Era raro que alguien entrase en la librería, pero en contadas ocasiones algunos personajes sí lo hacían, preguntando por inusuales ejemplares mucho tiempo atrás descatalogados y de difícil adquisición.
La gente se hacía preguntas sobre la fuente de ingresos de Oliver, pues las escasísimas ganancias obtenidas con la librería apenas daban para sostener la vida de, incluso, un solitario como lo era él. Algunos sospechaban que vivía de las rentas de una herencia y, dada la austeridad que le caracterizaba, no debía tener muchos gastos, por lo que con poco que tuviera de capital, podría subsistir bastante tiempo. Las horas en las que permanecía abierta la tienda, Oliver se las pasaba leyendo alguno de los innumerables e insólitos libros que allí se podían encontrar. En alguna ocasión, había aceptado donaciones procedentes de hogares de algún difunto; pero ello le suponía un trabajo extra que no siempre estaba dispuesto a acometer, dada la flema y la apatía que le caracterizaban.

Caminaba con paso lento pero firme, como cada mañana camino de su librería. Al pasar por la antigua mansión abandonada, -en tiempos propiedad de un indiano que, con muchas pretensiones, hizo construir con todo lujo y grandeza para deslumbrar a todos con su riqueza-, Oliver ponía atención en el agujero excavado en la esquina del muro de la valla que daba al frente de la calle. Ese agujero le inspiraba y hacía correr su imaginación tanto en el camino de ida como en el de vuelta, siempre invariable, repetitivo en su itinerario día tras día.
Hoy, entre la niebla persistente, se imaginaba que dentro de la vieja casona vivía una familia de indigentes, que se habían afincado en ella como refugio y cobijo. Se imaginaba a cada uno de los miembros de la familia, a las reglas de convivencia que tenían establecidas entre ellos, a su jerarquía y a los devenires de su vida en aquel desvencijado, frío y oscuro palacete de finales del siglo diecinueve.
Otros días, en su camino de regreso a su domicilio, al contemplar el agujero en la valla, se imaginaba que en el viejo edificio se habían instalado unos alienígenas, que se hacían invisibles para el resto de los humanos, y que allí adentro adoptaban su forma original, con sus figuras humanoides, sin cabello, con ojos extremadamente saltones y con cuerpos cubiertos de una extraña piel gris metalizada.

Otros días los alienígenas adoptaban formas diferentes, con cuerpos de color verde y orejas puntiagudas, más un abdomen abultado lleno de agujeros por donde supuestamente respiraban, se alimentaban o excretaban. Oliver se imaginaba que estos alienígenas espiaban a los humanos, a su manera de vivir, a su comportamiento, y no sabía muy bien con qué finalidad lo hacían. Los alienígenas iban tomando cada día diferentes formas y manifestaban nuevas habilidades, pero una de sus cualidades siempre permanecía estable: la de espiar a los humanos.
Las fantasías de Oliver respecto a lo que pudiera estar ocurriendo en el interior de la mansión deshabitada, iba cambiando cada día o cada semana. Una mañana, en el camino de ida, pensó que tal vez dentro de la casona se hallaba un portal del tiempo y que una vez traspasado, viajaría al lejano oriente, a la antigua ciudad de Babilonia en su esplendor, o a la época de los califas de Damasco, o a los palacios de los sultanes del imperio turco.
Alguna vez se imaginó viajando a la prehistoria para conocer la vida de los clanes en las cavernas, o asistir al descubrimiento del fuego o a la caza de los mamuts. Era muy tentador para él penetrar por aquel agujero en la valla e indagar lo que ocurría en el interior de aquella destartalada y enigmática mansión.
¿Y si fuera cierto algo de lo que había imaginado?
No podía perderse una experiencia como esa. Había leído tantas situaciones diversas e insólitas en los libros que con tanto ahínco devoraba, que tal vez alguna de ellas podría ser cierta. Debía armarse de valor y penetrar al fin por aquel agujero para introducirse en el viejo e inquietante edificio. Tal vez lo haría al día siguiente, o tal vez el próximo fin de semana, que dispondría de más tiempo.
Pasaron los meses y llegó la primavera. El calor del sol había hecho disiparse la niebla que había estado envolviendo la pequeña ciudad portuaria. Oliver seguía como cada mañana recorriendo el mismo camino hacia su librería, instalada en la pequeña callejuela paralela al puerto.
Al pasar por delante de la vieja mansión, al contemplar el agujero que se hallaba en el frente de su valla, Oliver imaginó que un mago alquimista habitaba en los sótanos de la misma, poseedor de los secretos para transformar la materia y transportarla caprichosamente de un lugar a otro.
¡Cómo le gustaría ser ese mago! Pero al menos ¡cómo le gustaría poderlo conocer! Se hizo propósito de traspasar el agujero de la valla en algún momento, algún día en el que se levantara con fuerzas renovadas para hacerlo.
Una mañana, al volver a pasar por el lugar, imaginó que al traspasar el agujero de la valla de la casona, traspasaría también un agujero negro en el universo y se perdería en un viaje sideral entre estrellas y planetas. Era muy tentador explorarlo, pero Oliver nunca, al igual que en ocasiones anteriores, se atrevía a dar el paso y cruzar la valla para penetrar en el interior de la enigmática mansión.
La primavera terminó y dio paso al cálido verano. Oliver seguía su rutina como cada día, caminando de forma invariable por el repetitivo itinerario de siempre. Cuando llegó al frente de la vieja y descolorida casona, para su asombro, una máquina excavadora había derruido ya una parte de ella, haciendo un estruendoso ruido y levantando una gran nube de polvo. Oliver se quedó impactado con aquella visión.
La mansión inspiradora de sus sueños, -lo único que para él constituía un estímulo y variaba en su aburrida y rutinaria vida- estaba siendo destruida. Al contemplar el derribo ante sus ojos, ahora le parecía que de sus muros salían volando hacia el cielo los miembros de la familia de indigentes que allí habían habitado; los alienígenas en sus múltiples y variadas formas; los califas; los sultanes; los neardentales y los homo sapiens; los magos y las hadas; y así, todos aquellos seres que había ido creando en su imaginación.
Ahora ya no los volvería a ver más. Tal fue su disgusto, que por primera vez pensó que ya era hora de cambiar su ruta, haciéndose el propósito de no volver a pasar nunca más por delante de aquel lugar.
Diciembre/2025
Gemma A.R.
Muchas gracias Gemma por dejarnos disfrutar de tu magnífico cuento, me ha encantado. Un fuerte abrazo.
Es un cuento estupendo, imaginativo, inspirador. Disfruté al oírlo y ahora todavía más al leerlo personalmente, despacito. !!Bravo Gemma!!
Ilusión/desilusión, sueños y realidad. Gracias Gemma, siempre resulta interesante este tipo de dicotomía.