El perdedor

Ella era muy joven e impulsiva, por el momento pensaba sólo en divertirse, no tenía muchas más preocupaciones ni prioridades. Estudiaba Publicidad, materia que francamente le traía al pairo, pero algo había que hacer y todavía no tenía nada claro por qué derroteros quería que transcurriese su vida profesional.

Nació en el seno de una buena familia -frase muy manida, pero que en este caso nos encaja a la perfección-, de clase social más que acomodada, podríamos decir que no le faltaba nada. Bueno, quizás algo sí le faltara, un poco más de sentido común.

Pero, dentro de su vida fácil, no era una persona corriente. Era muy inteligente y había heredado de su madre un don natural, resultaba encantadora, hecho que minimizaba todos los defectos que pudiera dejar entrever y, en su particular círculo social, era muy popular.

No era exactamente guapa, pero sí arrebatadoramente atractiva. Su expresiva mirada seducía. Ella lo sabía y lo explotaba, podría haber sido también una magnífica actriz. Su cuerpo atlético y joven, dotado de una gran agilidad y sensualidad, despertaba pasiones en todos los que la conocían.

Practicaba muchos deportes, la hípica era uno de sus favoritos. Los fines de semana pasaba muchas horas montando a caballo en la finca de sus padres. Gandhi era su alazán preferido, un hermoso corcel blanco con el que llegaba hasta hablar. Y así transcurría su vida, una intensa rutina sin problemas ni sobresaltos.

Un día en la facultad le propusieron hacer prácticas en una empresa. Le gustó la idea, nunca había trabajado y por esas fechas estaba un poco aburrida. Además, no iría en serio, sería tan sólo una experiencia más, así se lo tomaría. Asistiría a clase por las mañanas y por la tarde echaría unas horitas en una agencia de publicidad. Podría serle provechoso para el futuro.

Aquella tarde se arregló discretamente, iba a ser su primer día de trabajo. Pese a lo superficial que a veces pudiera resultar, era muy intuitiva y sabía estar. Quería dar una imagen de sencillez, pero eso resultaba bastante difícil, pues ella destacaba siempre en cualquier ambiente.

Tomó un taxi y se dirigió a la calle que le habían indicado. El número correspondía a uno de esos edificios antiguos del centro de la ciudad. En la planta séptima estaba ubicada la oficina de la agencia de publicidad en la que se tenía que presentar, una prestigiosa firma con muchos años de experiencia en el enmarañado mundo del marketing. Pagó el taxi. A continuación, recogió su abrigo y los libros que había dejado desperdigados por el asiento de atrás del vehículo y salió del coche. Se paró un momento delante del edificio, lo contempló brevemente y se dispuso a entrar. En el portal la recibió un agrio conserje que la saludó secamente y le preguntó a donde se dirigía. Ella se lo dijo y él, con desgana, la acompañó hasta el ascensor.

Una vez en el séptimo piso, en el espacioso descansillo, divisó varias puertas grandes y antiguas, con placas doradas en sus hojas donde rezaban los nombres de las empresas. Eran todo oficinas. Enseguida localizó la suya “Sistemas y Métodos Publicitarios, S.A.”. Se arregló un poco el pelo y se colocó la falda, luego llamó a la puerta. Estaba lista.

Oyó pasos en el interior que se dirigían hacia la pesada puerta. Al abrirse la misma, una correcta secretaria, más bien mayor, la saludó. Ella le explicó a lo que venía. La hicieron pasar a una pequeña salita donde podría esperar a que la llamase el jefe de personal. Virginia, que así se llamaba nuestra protagonista, se sentó y miró atentamente a su alrededor, examinando cada detalle de la estancia donde se encontraba. Le resultó extraño el ambiente, pero estaba muy tranquila.

La recibieron enseguida. Un grotesco personaje, obeso y sudoroso, la hizo pasar a su despacho, un recinto viciado y repleto de papelotes. Se presentó: hola, soy Práxedes Cañete, el jefe de personal. ¡Bienvenida!, supongo que tendrás ganas de trabajar, aquí hay mucha faena, y tú has sido admitida para las prácticas por tus buenas referencias. ¡Tienes suerte! –exclamó-, creo que esta experiencia te será muy útil.

Aquel tipo de mafiosa apariencia le resultó a Virginia bastante desagradable. No tendría mucho trató con él, así que no le preocupó demasiado su primera mala impresión. Lola te acompañará a uno de nuestros gabinetes de creativos y te pondrá a trabajar con algún veterano empleado. Espero que aprendas y estés a gusto. Si tienes alguna pregunta o alguna queja, ya sabes dónde encontrarme -eso fue todo lo que se limitó a decir-. Gracias, -le repuso comedidamente Virginia-, espero sacar el mayor provecho posible a esta oportunidad que me ofrecen. No les defraudaré. Lola se percató de que había terminado la entrevista y acompañó a Virginia hasta el citado gabinete. En el camino las dos mujeres intercambiaron unas triviales palabras de cumplido como las que empleamos cuando subimos con algún desconocido a un ascensor.

El mencionado gabinete estaba compuesto de cuatro personas: tres hombres y una mujer. ¡Hola!, –la saludó cordialmente el más joven– ¡Bienvenida al gabinete de esclavos! ¡Calla!, -le reprochó la mujer por su broma de mal gusto, dirigiéndose a Virginia conciliadora- Yo soy Lola y estoy encantada de conocerte. Aquí estarás bien. Toni es buen chico, aunque un poco bocazas. Aprenderás mucho, no te preocupes. Y le presentó al resto del equipo. ¡Es muy bonita!, -comentó el joven a su compañero, que no hizo ningún gesto significativo-. ¡Como todas! -se limitó a opinar-La mujer se llamaba Gina. El joven Toni. Luego estaba Raúl, el indiferente y, por último, Joaquín, que era la persona de mayor edad.

Encantada de conoceros… ¿qué tengo que hacer, estoy deseando empezar? -mintió Virginia-. Había sido bastante por ahora, pero disimuló. Hoy poca cosa, mañana será otro día -le dijo Gina-. Siéntate si quieres junto a Raúl. Ahí tienes una mesa libre. Él es el que lleva el proyecto más enrevesado y necesita más ayuda. Está bien, gracias. Virginia se sentó y saludó cariñosamente a Raúl, que había estado bastante distraído, prestando sólo atención a su trabajo, rozando incluso la impertinencia. La miró y pensó: por sí no tenía ya bastante, ahora esto, ¡una estúpida becaria! –se lamentó-. Dudaba que Virginia le fuera a ser de alguna ayuda.

Raúl no era mayor, pero lo parecía. Tenía apenas cuarenta años, pero aparentaba más. Era un personaje gris, trabajador y profesional, pero falto de iniciativas. No era nada feo, aunque sí descuidado en su aspecto. Parecía un ser apolillado, un ser que nunca había recibido un soplo de aire fresco. Virginia intentaba ser amable con Raúl, pero él era poco receptivo, no sobrepasaba la línea de la imprescindible, mínima y justísima cortesía.

En ocasiones, ella le llevaba café, él se lo agradecía sin más. Virginia iba mostrando cada vez más interés por el trabajo y también, empezaba a sentir una extraña e incomprensible fascinación por aquél oscuro personaje carente de interés para la mayor parte de la humanidad. Aunque quizás, también era el único en el que no había logrado despertar ningún entusiasmo. Por el contrario, todos los demás estaban encantados con Virginia, era muy divertida, lo pasaban fenomenal juntos y a ella le complacía ser el centro de atención. Todos menos Raúl, que seguía mostrándose con ella indiferente. No la halagaba ni reía sus gracias, carecía de sentido del humor, sentido que a Virginia le sobraba pues era muy ingeniosa y audaz.

Virginia aprendía muy deprisa y era capaz de venderlo todo, en la agencia encajaba a la perfección. De becaria pasó a estar presente en todas las presentaciones de las campañas y, si veía que algún cliente vacilaba un poco, no se cortaba un pelo y se permitía el lujo de intervenir. La primera vez los compañeros se quedaron atónitos por su osadía, pero el resultado fue tan satisfactorio que ahora, a menudo, le pedían criterio. Estaba como pez en el agua en la agencia de publicidad, aunque seguía habiendo algo que no conseguía, llamar la atención de Raúl.

Es complicadísima la mente humana, ¿qué deseo podía despertar él en una chica que lo tenía todo? Él, veinte años mayor que ella, carente de ilusiones y ambición. Ella rebosante de vida, con un gran futuro y el mundo rendido a sus pies. Ni siquiera era atractivo, su aspecto era bastante vulgar, no había nada en él digno de resaltar. Sin embargo, a ella cada vez este hombre impasible le resultaba más irresistible.

Una noche Virginia fue a tomar una copa con Gina y le confesó su atracción por Raúl. Gina no lo entendió, pero en esta vida había visto de todo. Virginia le preguntó a Gina si conocía alguna causa por la que Raúl fuera tan indiferente con ella y con todos, aunque los demás estuvieran ya acostumbrados. Supongo que la habrá -respondió Gina-, él antes no era así. Empezó a manifestar esa actitud desde que perdió a su bebé de diez meses, hace unos tres años, en un fatal accidente de automóvil.  Conducía él y creo que nunca lo ha superado. Desde entonces no es nada fácil verle sonreír. ¡Dios, lo siento!, no lo sabía -dijo apesadumbrada Virginia-. Y, ¿su relación con su mujer? -insistió-. No lo sé con seguridad, nunca habla de eso. Pero creo que debe haber más que distancia y silencio entre los dos. Parece que Raúl vive por inercia, en lo único que se vuelca es en su trabajo –respondió Gina-. A mí me gustaría ayudarle, -se ofreció Virginia-. No creo que dé resultado, nosotros también lo intentamos, pero fue inútil. Debes aceptarlo como es -le aconsejó Gina-. Virginia se percató de que Gina estaba molesta y no quería continuar con ese tema, era muy respetuosa en lo referente a la vida privada de los demás así que, hábilmente, cambió de conversación.

Pasaron los meses. Su relación con el exánime publicista se limitaba a hacer bien el trabajo, las ideas de Raúl se renovaron y ganaron en originalidad con la ayuda de Virginia. Él empezó a tomar en serio a su ayudante y a recoger todas sus acertadas sugerencias, estaba convencido de que iba a ser una competente y experta profesional.

Una noche se quedaron trabajando los dos hasta muy tarde, había que terminar la maquetación de una campaña. ¡Por fin terminamos! -exclamó Virginia recogiendo sus cosas, Raúl ni se inmutó. ¿Tú no te vas? -le preguntó extrañada-. No sé lo que voy a hacer, pero lo que tengo claro es que no voy a ir a casa, quizás me quede aquí adelantando algún tema pendiente –contestó él-.

Durante todo el día Raúl había estado muy distraído, como absorto en sus pensamientos, eso no era raro en él. Virginia lo había notado más ausente que otras veces, sin embargo, pensó que se debía al duro esfuerzo por el peso y la responsabilidad de la importante campaña. ¿Pero, es qué tú no estás agotado, no necesitas descansar?, porque yo estoy hecha unos zorros. ¿O, es qué te pasa algo? -se interesó Virginia-. Bueno, nada que se pueda arreglar -dijo él-. ¿Por qué no me lo cuentas?, te sentirás mejor -le animó ella-.

Increíblemente Raúl se sinceró con Virginia, nunca le había hablado a nadie de temas personales. Ahora tenían mejor comunicación, aunque ésta se limitaba a discutir temas de trabajo ya que, en materia laboral, Virginia se había ganado el respeto y la confianza de Raúl gracias a su intuición y su buen hacer. Pero, en cuestiones personales, eso era insólito.

Serenamente Raúl empezó a relatarle lo que le sucedía… Al mediodía fui a comer a casa, Sandra no me esperaba, pues la avisé de que no iba a poder ir. Cuando llegué me la encontré con otro hombre, eso ha sido todo -así fue de tajante y de concreto-. Para ser la primera vez que hablaba de su vida privada lo hizo sin rodeos. Luego añadió: no la culpo, lo nuestro hace mucho tiempo que se ha terminado. Y créeme, no me importa. Espero que ella pueda rehacer su vida, yo no quiero ser un obstáculo. 

Virginia no sabía que decir. Él continuó: pero, esta noche no quiero ir a casa, no tengo nada que hacer allí. Tengo que pensar y recapacitar, necesito estar solo.

Sandra quería a Raúl, sólo qué al Raúl de otros tiempos, el de ahora era un desconocido para ella. Lo que tenían en común se quedó un día en la cuneta. Tampoco le culpaba por ello, pero tenía que seguir viviendo y, él la estaba sumergiendo en un pozo sin fondo ni salidas. Se ahogaba, tenía que respirar.

Virginia se quedó mirándole con ternura y sólo se atrevió a comentar: me gustaría ayudarte. Nadie puede ayudarme –rechazó él-. Es que tú no dejas a nadie que te ayude -le reprochó-. Por favor, ven conmigo esta noche, podríamos hablar. Yo creo que en estos momentos necesitas una mano amiga. Este fin de semana me voy a la finca de mis padres, ellos estarán fuera y no quiero estar sola. Te prometo que no te voy a molestar. Será bueno para ti, estarás tranquilo y podrás reconsiderar las cosas. Y, además, así yo no estaré sola. No gracias, no soy buena compañía -volvió a rechazar él-.

Por favor, a mí no me importa, déjame ayudarte -le rogó ella-. Sorprendentemente Raúl aceptó, tenía en el coche algunas cosas de aseo personal que había recogido apresuradamente al salir de su casa. Al menos por ahora no pensaba volver y le daba lo mismo donde pasar el fin de semana.

Virginia estaba muy exaltada por los futuros acontecimientos. Por fin había llegado su oportunidad, aunque no quería manifestarlo, tenía que hacer bien las cosas. Raúl le importaba. No hablaron mucho durante el trayecto, o mejor dicho, lo poco que hablaron lo hizo Virginia, que estuvo bastante comedida ya que se daba cuenta de que Raúl necesitaba sus silencios.

Llegaron a la magnífica casa. ¡Es increíble, qué maravilla! ¿Tú vives aquí?, -le preguntó Raúl admirado-Sí, y además nací aquí, un lugar al que adoro -dijo modestamente la chica-. ¿Tienes hambre? -le preguntó Virginia para no seguir por ese camino-, no quería que se sintiera cohibido en aquél para él fastuoso y desconocido lugar. No, muchas gracias -contestó Raúl-. Bueno, diré que nos preparen algo ligero para cenar -propuso ella- y, mientras, te llevaré a ver tu habitación.

Ahora, por favor, explícame. No entiendo por qué te tomas tantas molestias conmigo, hace mucho tiempo que nadie se había preocupado por mí –le increpó él-. ¡Bueno, no te enfades!, simplemente porque para eso están los amigos, y yo quiero serlo, no soporto que te sientas mal y seas tan indiferente conmigo. Quiero verte alguna vez sonreír y disfrutar de la vida –le aclaró Virginia-. Gracias por preocuparte de un don nadie como yo, -le agradeció modestamente Raúl-. No te atrevas a repetirlo -le regañó Virginia-.

Cenaron juntos delante del televisor. Ponían una película clásica americana de cine negro, a la que no le estaban prestando ninguna atención y que no terminaron de ver. Él se sentía muy cansado. Virginia también lo estaba. Pero, antes de dejarle subirse a acostar, le hizo prometer que por la mañana irían un rato juntos a montar a caballo. –Quiero que conozcas a Gandhi, es mi chico favorito y, sí él quiere, hasta te dejaré montarlo –le animó Virginia-. Pero, yo hace mucho tiempo que no monto –Raúl intentaba escabullirse-. Es igual, eso no se olvida. Es como montar en bicicleta -le ignoró ella-.

Virginia, ¿por qué haces esto por mí? -le insistió Raúl desconcertado-. Simplemente, porque quiero ser tu amiga de estado de ánimo -le explicó- Y, ¿eso qué quiere decir? -preguntó él- Pues mucho, quiere decir que podrás hablar conmigo cuando quieras, o callar si lo deseas, y que yo siempre estaré cuando me necesites. Eso es una amiga de estado de ánimo -le intentó explicar Virginia, aún sin saber lo que aquello significaba, pues se lo acababa de inventar- ¡Hasta mañana! -se despidió de Raúl dándole un beso en la mejilla-. Bueno, te espero temprano. En el cuarto encontrarás todo lo necesario para montar. Esa es la habitación de mi hermano que está en Zurich estudiando y creo que el equipo te servirá, tiene más o menos tu misma estatura. El, por el momento, no lo va a necesitar. Si quieres algo más, dímelo. Quiero que te sientas como en tu casa -le organizó Virginia-. Gracias, -volvió a decirle Raúl por enésima vez-.

Al día siguiente, Virginia estaba radiante, más si cabe que otras veces. Desayunaron copiosamente. ¿Qué tal has dormido? -le preguntó a Raúl-. Muy bien, mejor de lo que pensaba, la cama es estupenda -contestó él, agradeciendo de nuevo su interés-. Ven, -le dijo casi arrastrándole, como una niña pequeña que está impaciente por enseñar su mascota favorita-. Acompáñame a las cuadras, te presentaré a Gandhi, es uno de mis mejores amigos. ¡Venga, vamos!, que nos está esperando –le apresuró Virginia-.

Raúl se sentía a gusto y tranquilo. Por vez primera había bajado la guardia y derribado ese muro que se empeñaba en levantar para huir de cuanto le rodeaba. Empezó a notar una gran atracción por aquella chiquilla que se empeñaba en descubrirle lo hermoso de la vida. Montaron desde primera hora de la mañana. Los alrededores de la finca eran bellísimos; poco a poco iban descubriendo imponentes parajes de frondosa naturaleza. Descansaron un momento en un fantástico lago. Oye, cualquiera diría que hiciera tanto tiempo que no montas a caballo, lo haces muy bien -le halagó Virginia-. Entonces, le dejó montar a Gandhi, ese era un privilegio que no tenía cualquiera. Y ella, por primera vez, le oyó reírse de sus bromas y ocurrencias.

Ahora, te propongo un baño en la piscina. ¿Qué te parece? – le desafió ella-. Que eres incansable. Es difícil seguir tu ritmo – comentó Raúl bromeando-. Raúl, por favor, nos relajará –le rogó Virginia-De acuerdo, parece que siempre consigues salirte con la tuya -aceptó riendo-.

                     

Se bañaron, disfrutaron y se divirtieron. Raúl estaba despreocupado y contento. Le complacía estar al lado de aquella joven que era el vivo retrato de la felicidad. Tomasa les preparó una exquisita comida que devoraron con avidez. Estaban hambrientos debido al intenso ejercicio.

Después de comer pasaron al salón, muy acogedor, como toda la casa de Virginia. ¿Quieres tomar algo? –le ofreció ella-. Bueno, un coñac –le pidió él-. Bebieron en la misma copa. Virginia, inspirada, se levantó a poner música. ¿Te gusta la ópera? -le preguntó-. Es una de mis pasiones -asintió Raúl-¿Cuál prefieres? -le preguntó ella-. Madame Butterfly es una de mis obras favoritas -reconoció él-.

A mí también me gusta mucho -dijo ella poniendo el compacto-. Él la miró como no la había mirado nunca, Virginia era tan sensual. Llevaba un ligero vestido que dejaba entrever muchos de sus encantos. Estaba muy bronceada, su piel tersa y fresca, sus senos generosos y desafiantes. Todo su cuerpo era tan hermoso que hizo despertar un deseo irrefrenable dentro de él, ese que creía haber enterrado en otro tiempo. La música empezó a sonar, era todo como un sueño. Ella se sentó junto a él y se acurrucó en su hombro buscando cobijo. Por favor, sé sincera conmigo y dime la verdad… ¿Por qué te interesas por mí, no lo acabo de comprender? -le preguntó seriamente Raúl-. Porque estoy enamorada de ti y ¿tú eres tan tonto que todavía no te has dado cuenta? -le confesó-. La besó. Sólo un loco hubiera podido resistir la atracción ingobernable y arrolladora que le provocaba la mujer. Ella le correspondió con vehemencia. Impacientes subieron a la habitación de Virginia. Ella, en todo momento, tomó la iniciativa. Él, aún poseído por la pasión, era torpe como amante y estaba desentrenado. Sin embargo, ella supo sacar todo el partido de él, y si tenía un límite, consiguió que lo sobrepasara. Hizo bajar de su Everest particular al hombre de hielo, al que estaba derritiendo gota a gota, apurándole hasta su extenuación.

El contraste de su magnífico y joven cuerpo, con el ordinario y tosco cuerpo de Raúl, excitaba sobremanera a Virginia. Triunfaba y estaba disfrutando de su victoria. Ya no había nada que no pudiera conseguir. No era consciente de eso, pero esa era la verdadera realidad. Raúl había sido presa de la diosa del amor, había caído en sus redes. Bajó la guardia y ella aprovechó para cautivarle. Ya nunca podría hacer desaparecer a esa mujer de su vida. Era la miel para la boca del asno; la bella y la bestia; lo extraordinario y lo vulgar; la ganadora y el perdedor.

Los días que siguieron fueron maravillosos. El cambio de Raúl fue sorprendente, todos lo advirtieron. Por fin había entrado en su vida un soplo de aire fresco. Virginia estaba feliz con su conquista. Aunque la relación entre ambos no tuviera una explicación lógica, todos la respetaban pues los querían y ellos contagiaban felicidad.

Desde ese prodigioso día en que se unieron sus vidas no se habían vuelto a separar. Vivían juntos en el pequeño apartamento que tenía Virginia en la ciudad, iba a hacer ya casi un año.

Una mañana, Virginia no se encontraba bien, había dormido fatal. Cuando abrió los ojos y vio a Raúl a su lado, le desagradó su presencia. Sintió como un instintivo rechazo y le vio por primera vez tal como era: mayor y vulgar. Era como si se hubiera roto el encantamiento que ella misma había provocado. Estaba enfadada y molesta.

Se levantó y tomó una prolongada ducha para ver si así se desprendía de su malestar. Raúl se despertó al oír caer el agua, sorprendiéndose de que Virginia ya estuviera levantada, era demasiado temprano. ¿Se sentiría mal? -se preocupó-. Al verla salir de la ducha pudo apreciar que no tenía muy buen aspecto. Amor, ¿te encuentras bien? -le preguntó mimándola-. No, déjame –le rechazó groseramente-. Ahora no le agradaba que Raúl la abrazara, quería que la dejara en paz. No me encuentro bien, he vomitado. Me habrá sentado mal la cena. No iré a clase hoy, me quedaré a descansar. Márchate a trabajar y no te preocupes, se me pasará –le dijo secamente-. Deseaba que se fuera, no quería verle y le estaba asqueando el contacto con él. Además, no tenía ningún ánimo para disimularlo.

Raúl se marchó, aunque muy preocupado. Comprendió que ella no quería que se quedase, así que sin ofrecer resistencia se retiró. Más tarde la llamaría; seguro que ya se encontraría mejor y volvería a estar como siempre, alegre y encantadora.

Virginia volvió a vomitar. De pronto, le asaltó un horrible pensamiento. Ese mes se había retrasado bastante. No estaba preocupada, tomaba precauciones, pero por si acaso, buscó el frasco de píldoras anticonceptivas para examinarlo. Cuando revisó el segundo ciclo que acababa de terminar, echó cuentas… ¡Dios!, le faltaba una, había olvidado un día tomarse el anticonceptivo. Se horrorizó, no tenía ningún deseo de quedarse embarazada. Un odio atroz hacia Raúl la asaltó y le maldijo con el pensamiento.

Él, muy preocupado, se escapó del trabajo para ir a verla. Cuando entró a la casa la oyó llorar y fue como un niño a consolarla, con toda la ternura que se pueda uno imaginar. Ella le rechazó con un soberbio empujón que le hizo caer al suelo. ¿Qué te pasa mi amor? -le preguntó con lágrimas en los ojos-. Ella le miró presa de ira, la mirada de odio descomponía su rostro. ¡Tú tienes la culpa! -le acusó- ¡Déjame, no quiero verte más! ¿Pero, qué te he hecho? Perdóname, cariño. No entendía nada, estaba desconcertado. Te quiero -era lo único que acertaba a decir-. ¡Fuera! No quiero verte, tú tienes la culpa. Voy a tener un hijo. Un maldito hijo tuyo que no quiero, de un hombre al que no quiero. Entonces, rompió a llorar desesperadamente. ¡Te odio, ¿comprendes? Y también a ese niño que no quiero.

Raúl no podía creer lo que estaba oyendo. No daba crédito, no la reconocía. ¿Qué había sido de su amor, de ese amor que le habían regalado y le había devuelto a la vida? ¿Cómo una mujer enamorada podía estar tan enfadada por esperar un hijo? Se hacía muchas preguntas, pero no hallaba respuestas. Un hijo que a él le hubiera colmado totalmente de felicidad. Estaba rabioso porque no entendía nada. Virginia, yo quiero a ese hijo. Lo deseo igual que te deseo a ti -le dijo duramente, intentando despertar un poco de juicio en la mujer-. A ella esas palabras la enfurecieron más todavía y le echó con tal fuerza de la habitación, que tuvo que marcharse sin más. Estaba claro que no quería verle. Parecía haberse vuelto loca. Raúl salió corriendo por las calles, sin dirección, demandando la cordura que le permitiera buscar una explicación a la sinrazón que acaba de presenciar y de la que había sido, al parecer, culpable y principal testigo.

Al oír cerrarse la puerta Virginia sintió un gran alivio. ¡Por fin se había marchado! Se le había roto el juguete que tanto quería y le había dejado de interesar. No era eso todo, además lo despreciaba. Se calmó un poco y pensó: no lo veré más, él ha tenido la culpa de todo. ¡Dios, como le odio! Arreglaré yo sola mis problemas. Me iré a la finca de mis padres donde podré pensar y tomar alguna decisión –le tranquilizó pensar en la convicción de que nunca más tendría que verle-.

Llegó a su casa, estaban sus padres que se sorprendieron al verla. Ella les dijo, cariñosa y tranquila como siempre pues era una gran actriz, que venía a descansar pues no se encontraba muy bien. Recientemente había tenido exámenes y la habían dejado agotada, por eso había pensado tomarse un par de días de vacaciones. Su madre se preocupó un poco, pero su hija aparentemente estaba bien y era una muchacha tan imprevisible. Desechó enseguida su preocupación y celebró tenerla de nuevo en casa.

Mamá, voy a dormir un poco –le dijo a su madre-. Descansó toda la mañana. Se levantó casi a las tres y comió con su familia. Voy a dar una vuelta con Gandhi -les dijo a sus padres después del almuerzo-. Se fue a ver a su caballo amigo y a contarle lo sucedido, como si él la pudiera comprender. Le montó y le pidió: quiero volar, Gandhi, quiero volar hasta el cielo. Empezó a galopar. Iba deprisa, muy deprisa, cada vez más deprisa, azuzando sin parar al animal. ¡Corre, corre! ¡Vamos, vamos, más rápido!

Contra más rápido iba, más liberada se sentía. Era una sensación tan libertadora y emocionante. Ya no pensaba en nada, no se torturaba, se sentía tan bien…

De pronto, el caballo tropezó y ella cayó estrepitosamente dándose un fuerte golpe en la cabeza. El caballo regresó solo. Sus padres alarmados salieron inmediatamente a buscarla y la encontraron tendida en el suelo. Estaba inconsciente y sangrando por la cabeza. La ambulancia no tardó en llegar. En un tiempo record la estaban atendiendo en el hospital más cercano.

Como las malas noticias vuelan enseguida se enteraron en la agencia. Allí estaba Raúl, un Raúl brutalmente confundido que salió como loco para el hospital. Gina fue corriendo tras él, le costó trabajo alcanzarle. Una vez en el coche, consiguió convencerle de que la dejara conducir. Él se encontraba fuera de sí, estaba muy impresionado por todo lo sucedido. En el camino su compañera intentó tranquilizarle: Tranquilo, se recuperará, ya verás -le repetía-. Esta mañana estaba como loca, irreconocible, no debí nunca dejarla sola –se lamentaba él-.

Por fin llegaron al centro médico. Gina se acercó al mostrador para preguntar por Virginia. Les dijeron dónde estaba, pero le advirtieron que no podrían verla. Se encontraba en el quirófano de urgencias y allí no se permitía entrar a nadie. Pueden esperar en esa salita, allí recibirán noticias del equipo médico que la atiende -les indicaron-. Gracias -contestó Gina-.

Raúl estaba tan embotado que no dijo nada. Al llegar a la sala vieron a una pareja madura intentándose consolar mutuamente. Raúl los reconoció, los había visto en alguna fotografía, eran los padres de Virginia. Los asaltó preguntándole por ella. La madre sollozaba y el padre, con voz temblorosa, le dijo: no hay remedio, se nos muere. Los médicos no nos dan ninguna esperanza. Lo están intentando todo.

¿Dónde está?, quiero verla –suplicó Raúl-. Tranquilo, no ves que no dejan pasar a nadie. Debemos esperar y sólo podemos rezar para que se salve. Eso es lo único que podemos hacer -le intentó razonar Gina-. Raúl maldecía en silencio.

En ese momento apareció un doctor. Su cara lo decía todo: Lo siento, hemos hecho todo lo posible. Elena había fallecido sin remedio, el golpe fue mortal. Si quieren pueden verla antes de que la llevemos al depósito para la autopsia. Su madre empezó a gritar, estaba presa de un ataque de histeria. Dos enfermeras corrieron a atenderla. Su marido se quedó con ella.

Raúl se aproximó al doctor y le preguntó: ¿podría verla ahora? Sí, yo le acompañaré. Pase -le indicó el médico-. ¿Podría quedarme a solas con ella un momento? -le rogó-. ¿Si lo desea? Avise si necesita algo -el doctor se alejó silenciosamente-.

Virginia parecía dormida como una niña soñando con un mundo de fantasía. Él se acercó y acarició su cabello. Perdóname, cariño por haberte amado tanto -fue todo lo que pudo decir-. Le dio un beso en sus yertos labios. La frialdad de su contacto le volvió a convertir en un hombre de hielo. Virginia se llevó con ella toda la ilusión por vivir de Raúl, y él volvió a su gélido mundo.

               

Raúl volvió a ser el de antes, un hombre atormentado, un amargado, un perdedor. Era su triste destino.

12 octubre, 2025
Ana María Pantoja Blanco

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