Ayúdame

Hola, me llamo Abby, voy a contaros mi historia…

En 1969, debido a un cambio de trabajo de mi padre, mi madre, mis dos hermanos y yo tuvimos que irnos con él y nos trasladamos a vivir a una localidad a las afueras de Londres. El pueblo era frío, llovía mucho y el invierno duraba casi todo el año, por lo que siempre anochecía muy temprano.

Mis padres habían alquilado una mansión propiedad de dos hermanas, ya mayores, obtenida como herencia de su familia.

La casa era muy grande, pintoresca y formaba parte de una de las dependencias de un antiguo palacete. En el segundo piso estaba mi habitación y allí había una gran ventana que me permitía ver todo el entorno de la parte trasera. Al principio todo estaba bien, pero pronto empezamos a descubrir que allí pasaban cosas muy raras. En la madrugada escuchábamos arrastrar algo en la azotea, los objetos de la casa comenzaron a moverse solos y solían verse sombras fantasmales por los pasillos, todo era tétrico y perturbador.

En el tejado, un gato negro de piel muy brillante aullaba de manera sobrecogedora todas las noches. Por más que preguntamos, nadie supo decirnos a donde pertenecía y de quién era, sólo que aparecía allí al anochecer y no había manera de acallarlo.

Un día estaba con mi madre y mis hermanos viendo la tele. Al lado de ésta, había un mueble con una planta que se movió cayendo al suelo y, a continuación, se apagó la televisión. De pronto, y en otros momentos indeterminados, bajaba la intensidad de la luz o te rozaba una estremecedora ráfaga de aire del que se desprendía un intenso y dulce perfume a lilas.

Otra vez, estando acostada en mi cama enferma de gripe, pude advertir que no estaba sola. Yo tenía una gruesa alfombra en mi cuarto que me permitía escuchar cuando alguien entraba y caminaba dentro. Aunque me sentía muy cansada noté como alguien caminaba hacia mí y me susurraba al oído: Abby, Abby… Incluso, llegué a sentir el aire que salió de su boca al decirlo y el dulce perfume a lilas… Me asusté mucho y, como no reconocí la voz de inmediato, me di la vuelta para poder ver quien había sido y resultó que no había nadie. No sólo estaba sola en mi habitación, sino que también estaba sola en el segundo piso, pues toda mi familia se encontraba en ese momento en el comedor preparando la mesa para cenar. Desde ese día siempre tuve miedo de dormir allí y me costaba mucho estar a oscuras.

Otra vez que mis padres y mi hermana mayor habían salido, serían alrededor de las seis de tarde porque ya estaba muy oscuro, yo me quedé en casa jugando con mi hermano. Ambos veíamos la televisión en la salita de arriba cuando, de repente, sentimos que alguien venía subiendo las escaleras, haciendo mucho ruido, como si quisiera alertarnos de que estaba llegando. Al principio, creímos que habían llegado nuestros padres, pero no… Cuando terminó el estrépito de los pies sobre los escalones, quedamos esperando que mi padre o mi madre aparecieran, pero nada… Mi hermano y yo nos miramos y, aunque dudé, me atreví a abrir la puerta sólo para cerciorarme de que no había nadie. Nos asustamos mucho, no porque pensáramos que fuera algo paranormal, sino porque creímos que alguien había entrado en casa a robar o algo así. Mi hermano y yo nunca dudamos de que lo que oímos fue real y, si bien mi padre en aquel momento no le dio mucha importancia a lo ocurrido, a mi madre le quedó una gran sensación de inseguridad por lo que mandó colocar barrotes en las ventanas para mayor protección.

También cuando andaba por los pasillos, notaba a veces como si alguien me rozara y me tocara en el hombro. Yo, bruscamente me volvía, pero no había nadie. Al pasar por el espejo del hall siempre me parecía ver una silueta blanca, otra alucinación. Y, frecuentemente presente, el suave perfume a lilas siempre que percibía estas experiencias.

Todo era muy extraño, pero llegué a acostumbrarme. Estaba claro que la casa estaba encantada, aunque ya no me daba miedo porque tenía la convicción de que ese espíritu invisible no quería hacernos daño. Incluso, llegué a habituarme a los aullidos del gato que no faltaba ni una noche a su cita.

A los oídos de mi familia llegaron rumores de una leyenda urbana local que explicaba que una joven francesa habitó años atrás en la casa, antes de que fuera brutalmente asesinada. Interrogaron a las dos hermanas que confirmaron que la historia era real, aunque afirmaron que nunca habían experimentado ninguna actividad paranormal durante su estancia allí. Y que, efectivamente, su padre le compró la casa a un médico francés que vivió allí, el padre de la chica a la que asesinaron en extrañas circunstancias que nunca llegaron a aclararse. Después de la terrible tragedia, este hombre desapareció presa del dolor y no se volvió a saber nada más de él. Aunque el caso pareció investigarse a fondo, nunca llegaron a encontrar al responsable.

Mis padres se molestaron mucho con las ancianas por no haberles revelado antes esta historia e incluso, como eran muy creyentes, llamaron al reverendo del pueblo para que bendijera nuestra casa.

Pasado el tiempo, todo parecía estar tranquilo hasta una noche en la que nuestros padres habían salido. Yo estaba dibujando y escuché un profundo suspiro detrás de mí. Decidí ignorarlo y me fui a la cocina a comer algo. Entonces, empecé a oír voces llamándome y yo grité: ¡Ya basta! ¿Qué te atormenta? ¿Tienes miedo? ¿Necesitas ayuda?

En un abrir y cerrar de ojos, apareció una preciosa joven vestida de blanco que me miró de manera escalofriante y luego desapareció.  Me costó mucho recuperarme, apenas me tenía en pie y, no me podía creer lo que había visto. Pero ella había conseguido contactar conmigo y yo no sabía por qué razón, sólo sentía que desesperadamente me pedía ayuda. Estaba claro que algo la torturaba, su espíritu no estaba en paz, debía tener una deuda pendiente que necesitaba saldar.

Muy nerviosa volví a mis dibujos y, entonces, fue cuando me percaté de que en el papel en que estaba pintando un paisaje triste de otoño, ella había escrito con pintura roja unas palabras en francés que parecían dar sentido a todo lo que me estaba ocurriendo: “Aidez-moi, Graham vous cherchez… M’a fait beaucoup de dégâts. Danielle” (“Ayúdame, busca a Graham… Él me hizo mucho daño. Danielle”)

Posteriormente, pude comprobar que Danielle era el nombre de la muchacha asesinada. Ella pedía justicia, no me cabía ninguna duda.

Después de eso hice mis indagaciones por el pueblo y logré localizar a la persona que había llevado el caso. Era ya mayor y estaba retirado, pero me permitió hablar con él, tenía una gran espinita clavada al no haber podido resolver el asesinato.

Sé que la historia suena descabellada y, quizás no me crea –le dije, contándole todo lo sucedido-. Yo no tengo ninguna necesidad de inventar algo así, y esa fue exactamente mi experiencia. En ese momento, las luces bajaron su intensidad y una ráfaga de aire perfumado de lilas nos sobrecogió de nuevo. Era Danielle que nos volvía a pedir ayuda.

Para mi asombro, el policía se tomó muy en serio mis declaraciones y consiguió que reabrieran el caso, pues no habían profundizado demasiado en esa línea de investigación. Y, a la vista del mensaje escrito en mi dibujo, decidió ir a interrogar a Graham, conocido por todos como el loco de Islington. Y, para nuestra sorpresa, hermano mayor de las señoras a las que nosotros habíamos alquilado la casa.

Graham estaba muy envejecido, aunque no lo era tanto, y se encontraba recluido en un manicomio. Al parecer, se había vuelto loco a los pocos días de vivir en la casa que su padre le compró al médico francés. Estaba claro que debió de ser él quien asesinó a la chica, desquiciándose después por los remordimientos y por las espeluznantes pesadillas que debía soportar por cometer un crimen tan infame.

El acusado, completamente aterrorizado y estupefacto, lo confesó todo de inmediato con una lucidez y frialdad impresionantes. Estaba obsesionado con Danielle y la forzó violentamente. Como ella se resistía, Graham, presa de un enfermizo deseo sobrehumano, la violó salvajemente golpeándola hasta matarla.

Esta macabra historia sólo la conocían las hermanas, Graham torturado no pudo más y se lo confesó a ellas. Pero, las muy zorras, nunca lo denunciaron. Quisieron protegerlo, era su hermano pequeño, pero la providencia ya le había condenado, pues permanecería de por vida en el hospital psiquiátrico con un diagnóstico de grave demencia irreversible e irrecuperable. Las ancianas se convirtieron en cómplices del vil asesinato, en alimañas sin escrúpulos, razones por las que también fueron detenidas, juzgadas y condenadas. Y, todo pareció quedar resuelto…

Esa misma noche llovía muchísimo y el excesivo ruido que provocaba el viento no me dejaba dormir. En ese preciso momento, sentí como la puerta de mi cuarto, el que en otro tiempo averigüé que había sido de Danielle, se abría lentamente… Me asusté mucho y me escondí bajo las sábanas. El corazón se me iba a salir por la boca, podía oír mis latidos y me temblaban las manos. Entonces, comencé a sentir un calor inexplicable que me hizo destaparme y pude aspirar el suave perfume a lilas que ya me era tan familiar. Danielle se sentó a los pies de mi cama y luego se recostó junto a mí. Pude advertir su respiración junto a mi oído y su voz que me daba las gracias: “Mercie, merci beaucoup”. Después sentí un beso, un cálido beso que me llenó de paz y me transportó a un sueño dulce y reparador. Además, esa noche el gato dejó de aullar, y la siguiente, y la siguiente. Había desaparecido, se había ido para no volver jamás.

Danielle consiguió que se hiciera justicia y se desvelara el misterio. El caso se resolvió y el culpable allí siguió de por vida. El pago por su horrendo crimen fue la pérdida de la razón que le obligaría a estar recluido en el psiquiátrico, perpetuamente y sin esperanza.

Y, yo me sentí muy afortunada por haber podido trascender al plano espiritual y por haber podido ayudar a Danielle. Nunca la volví a ver, ni a sentir, ni a embriagarme con su dulce perfume. Seguimos viviendo allí algunos años más, hasta que volvieron a trasladar a mi padre a Londres.

Supimos, que jamás se volvieron a repetir las experiencias que os he relatado, la casa había recobrado por completo su tranquilidad.

Danielle se fue en paz… pero algo siempre quedó, algo que siempre me unió a ella, aún sin conocerla.

23 marzo, 2016
Ana María Pantoja Blanco

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9 comentarios en “Ayúdame”

  1. Mireia dice que le ha gustado. Laura dice que también. Y a mi me parece que está muy bien la historia y el final es muy tranquilizador y agradable.
    Pero quizás deberías poner, como en las películas, “ no apto para menores de….” en este caso 8-9 años?
    Un beso muy fuerte.

  2. Bonita historia, sería fantástico q todas nuestras vidas terrenales acabasen … bien cerradas, desgraciadamente ya nos encargamos los humanitos de que a veces no sea así… pero en tu relato tras unas cuantas lineas de suspense, cada personaje acaba donde debe. Un besote.

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