La misteriosa historia de Silver…

(Basado en una historial real)

Qué contenta volvía Marta del vivero con las hermosas plantas que acababa de comprar. Aquel invierno había sido muy frío y algunas de las flores de su jardín se habían helado. Hacía un día espléndido y pensaba dedicarlo por completo a replantar y abonar la tierra, tarea que le apasionaba, pues disfrutaba mucho trabajando en su parcela.

Cuando estaba en estos quehaceres pasó por delante de su casa el perro de su vecino. Se quedó atónita, el animal llevaba en la boca a Silver (apocope de Silverio), el gato de los inquilinos de la casa de atrás. ¡Dios mío!, -exclamó-. El minino iba colgando, parecía muerto, estaba totalmente inmóvil, como un guiñapo.

¡Qué disgusto iban a llevarse los dueños de Silver! –pensó la mujer-, porque estaban locos con él. Esa misma mañana, muy temprano, se había despedido de ellos pues iban a pasar todo el día en la playa, aprovechando el radiante sol primaveral.

Marta salió corriendo detrás del perro y, desgraciadamente, pudo comprobar que el gatito estaba muerto. Regañó al perro y le gritó: ¿cómo has sido capaz de hacerlo? Estaba horrorizaba, siempre se habían llevado muy bien. Se criaron juntos y se conocían desde pequeños, muchas veces los había sorprendido a los dos jugueteando o tranquilamente tumbados en el porche de sus vecinos.

¡Qué disgusto tan grande se iban a llevar sus amigos! -este pensamiento le atormentaba-. ¿Habría alguna cosa que ella pudiera hacer para impedir que se llevaran esa terrible impresión?

Cogió al gato y lo sacudió un poco. Pensó que debieron de tener una dura pelea pues estaba totalmente rebozado en tierra, aunque exteriormente no presentaba ninguna herida visible. Rocky era un perro muy grande y, seguramente, lo pateó y lo asfixió. Marta, con el animalito en sus brazos, pasó al jardín de sus vecinos. Ellos siempre dejaban la cancela abierta cuando pensaban volver antes de anochecer. Vivían en un sitio muy tranquilo donde nunca había pasado nada, pues todos los lugareños eran de plena confianza. Tomó con sumo cuidado al pobre animal y lo depositó en la cesta que estaba siempre en el porche. Allí el minino solía dormir y vaguear a sus anchas bajo la sombra del tejadillo. Luego lo cubrió con la mantita de muñecos que usaba Susana para taparle, camuflándole un poco.

El susto se lo van llevar igual, pero será menos cruel, así pensarán que ha fallecido de muerte natural, debía ser ya muy viejito. La desagradable sorpresa será menos traumática para la familia –pensó Marta con toda su buena voluntad-.

La familia regresó de la playa. Llegaron al caer la tarde como habían previsto. El padre estaba descargando los bártulos del coche cuando se escuchó un chillido de terror y angustia. Era su niña pequeña que, llamando a gritos a su madre, salía despavorida de la casa.

El gato, el gato, el gato… Silver ha vuelto, está en el porche.

Pero, Susana –intentó razonarle la madre-, ¿cómo va estar allí si lo enterramos ayer?

Sin embargo, la niña no paraba de llorar y repetir que el gato estaba allí.

Al final la creyeron, aunque ninguno de la familia quería entrar a comprobarlo. Por fin, el padre se atrevió a entrar y pudo ver a Silver. Todos se quedaron aterrados.

¿Cómo había podido llegar hasta allí si había fallecido el día anterior? El pobre estaba muerto y bien muerto, ellos mismos lo enterraron. Lo metieron en un hoyo que excavaron bajo la gran higuera del jardín. Allí estaba removida toda la tierra dejando al descubierto el agujero y aparecían esparcidas todas las florecillas que la niña había dejado en su tumba como homenaje a su gatito tan querido.

Marta nunca se atrevió a desvelar la verdadera historia, ya no tendría ningún sentido –pensó-… Así pues, este curioso episodio, desde aquel momento, pasó a formar parte del nutrido repertorio de leyendas misteriosas de la familia.

11 octubre, 2012
Ana María Pantoja Blanco

 

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