Fragmento de “Las niñas se quedan”, de Alice Munro

(Alice Munro, escritora canadiense especializada en relatos cortos, por su estilo se la considera merecida sucesora del maestro ruso Antón Chejov. Fue Premio Nobel de Literatura en el año 2013).

Hace treinta años, una familia pasaba las vacaciones en la costa este de la isla de Vancouver. Un padre y una madre jóvenes, sus dos hijas pequeñas y un matrimonio mayor, los padres del marido.

Qué tiempo tan maravilloso. Cada mañana, todas las mañanas son como ésta, el primer rayo de luz solar atraviesa las ramas altas y quema la bruma que reposa sobre el agua en calma del estrecho de Georgia. La marea baja, una gran extensión vacía de arena todavía húmeda, pero por la que se puede caminar fácilmente, como el cemento en su última fase de secado. La verdad es que la marea está menos baja; cada mañana se reduce más la vereda de arena, pero aún parece lo bastante amplia. Los cambios de la marea son de gran interés para el abuelo, pero no tanto para los demás.

A Pauline, la joven madre, en realidad no le gusta tanto la playa como el camino que recorre la parte trasera de las casitas, aproximadamente a lo largo de una milla, en dirección al norte, hasta interrumpirse en la orilla de un riachuelo que corre hacia el mar.

Si no fuera por la marea, sería difícil recordar que esto es el mar. En el horizonte, más allá del agua, se ven las montañas de la península, la cordillera que forma el muro oriental del continente norteamericano. Esos montículos y picos montañosos que se perfilan a través de la bruma y que asoman aquí y allá por entre los árboles, que Pauline contempla mientras empuja la sillita de paseo de su hija por el camino, también son de interés para el abuelo. Y para su hijo Brian, el marido de Pauline. Los dos hombres tratan constantemente de dilucidar qué es cada cosa. ¿Cuáles de esas formas son en realidad montañas continentales y cuáles son improbables cerros de las islas que asoman frente a la orilla? Es difícil llegar a una conclusión cuando la formación es muy compleja y hay partes que alteran el sentido de la distancia dependiendo de la distinta luz que a lo largo del día las ilumine.

Pero hay un mapa, alojado bajo un cristal, entre las casitas y la playa. Uno se puede quedar mirando el mapa y después observar lo que tiene delante y consultar de nuevo el mapa hasta aclararse. El abuelo y Brian lo hacen todos los días y normalmente no se ponen de acuerdo, aunque con el mapa delante uno pensaría que no hay mucho lugar para el desacuerdo. A Brian el mapa le parece impreciso. Pero su padre no quiere oír ni una sola crítica sobre aspecto alguno del lugar, que él mismo eligió para las vacaciones. El mapa, como el alojamiento y el tiempo, es perfecto.

La madre de Brian ni siquiera quiere mirar el mapa. Dice que le desconcierta. Los hombres se ríen, están de acuerdo en que está sumida en la confusión mental. Su marido opina que le ocurre porque es mujer. Brian opina que le ocurre porque es su madre. Su preocupación es que alguien tenga hambre o tenga sed, que las niñas lleven sus gorras para protegerse del sol y que las hayan bañado en crema de protección solar. ¿Y qué es esa extraña picadura que Caitlin tiene en su brazo y que no parece la picadura de un mosquito? Obliga a su marido a llevar una gorra de algodón y dice que también Brian debería llevarla, le recuerda lo malo que se puso por culpa del sol aquel verano que fueron a Okanagan, cuando era niño. Brian a veces le dice: «Anda, mamá, cierra la boca». Su tono es de lo más afectuoso, pero su padre es capaz de llamarle la atención, a estas alturas, diciéndole que ésa no es forma de hablarle a su madre.

–A ella le da igual –afirma Brian.

–¿Cómo lo sabes? –pregunta su padre.

–Por el amor de Dios –dice su madre.

Cada mañana, Pauline se desliza de la cama en cuanto se despierta; se desliza fuera del alcance de los largos brazos y piernas de Brian, que adormilados la buscan. Se despierta con los primeros chillidos y balbuceos del bebé, Mara, en la habitación de las niñas, y luego con el chirriar de su cuna, donde la pequeña –tiene dieciséis meses y está llegando al final de la primera infancia– se levanta para agarrarse a los barrotes. Continúa con su suave y afable parloteo mientras Pauline la coge –Caitlin, de casi cinco años, se mueve de un lado a otro en la cama sin despertarse– y carga con ella hasta la cocina, donde la pone en el suelo para cambiarla. Después la coloca en su sillita y le da una galleta y un biberón de manzana, mientras Pauline se pone el vestido de tirantes y las sandalias, se dirige al baño y se peina, lo más rápida y silenciosamente que puede. Salen de la casa y dejan atrás otras casas al recorrer el camino lleno de baches, sin pavimentar, casi cubierto por la profunda sombra de la mañana, el suelo de un túnel que discurre entre los abetos y los cedros.

El abuelo, que también se levanta temprano, las ve desde el porche de su casa y Pauline lo ve a él. Se limitan a saludarse con la mano. Él y Pauline no tienen mucho que decirse (aunque las continuas bufonadas de Brian o algún que otro insistente alboroto de la abuela, acompañado de disculpas, les hacen sentir cierta afinidad; no quieren mirarse el uno al otro por miedo a que su mirada revele un matiz de desprecio hacia los demás).

Durante estas vacaciones, Pauline roba tiempo de donde puede para poder estar sola; estar con Mara es casi lo mismo que estar sola. Los paseos a primera hora de la mañana o a última hora de la mañana, cuando lava y cuelga los pañales. Podría sacar otra hora por la tarde, mientras Mara duerme la siesta, pero Brian ha montado un refugio en la playa y siempre baja el moisés para que Mara pueda dormir allí y Pauline no tenga que ausentarse. Le dice que sus padres se ofenderían si ella siempre se escabullera. Se muestra de acuerdo, no obstante, en que ella necesita tiempo para estudiar cuidadosamente su diálogo en una obra teatro en la que va a participar este septiembre, de vuelta a Victoria. Pauline no es actriz. Se trata de una producción de aficionados, pero ella ni siquiera es una actriz aficionada. No es que ella se presentara para el papel, lo que ocurrió es que ya había leído la obra: Eurídice, de Jean Anouilh. Pero claro, es que Pauline lee de todo.

En junio, un hombre al que conoció en una barbacoa le preguntó si le gustaría tener un papel en la obra. La gente que había asistido a la barbacoa eran, en su mayoría, profesoras y profesores con sus maridos o esposas; la cena se celebraba en casa del director del instituto donde enseña Brian. La profesora de francés, una viuda, trajo a su hijo, ya mayorcito, que estaba viviendo con ella durante el verano y trabajaba como recepcionista nocturno en un hotel del centro. Ella le contó a todo el mundo que el chico había conseguido un trabajo de profesor en una escuela universitaria al oeste del estado de Washington y que comenzaba en otoño.

Se llamaba Jeffrey Toom. «Toom, no Tumba» (1), decía, como si le hiriese lo trivial de la broma. Tenía un apellido diferente al de su madre porque ésta había enviudado dos veces y era el hijo de su primer marido. «No tengo garantías de que dure. Es un contrato de un año», decía sobre el trabajo. ¿Qué iba a enseñar?

–Arte dra–má–ti–co –decía, arrastrando las sílabas en tono burlón. Hablaba con menosprecio de su trabajo de entonces.

–Es un lugar bastante sórdido –dijo–. Tal vez hayan oído hablar del hotel, es donde mataron a una puta el invierno pasado. Y luego también tenemos a los perdedores que se meten una sobredosis y a otros que deciden quitarse de en medio.

La gente no sabía muy bien cómo reaccionar ante esta forma de hablar y todos le rehuían. Excepto Pauline.

–Estoy pensando en montar una obra –dijo él–. ¿Te gustaría participar? Le preguntó si había oído hablar de una obra llamada Eurídice.

–¿Te refieres a la de Anouilh? –preguntó Pauline ante la poco halagadora sorpresa de él. Añadió de inmediato que no sabía si el proyecto llegaría a salir adelante.

–Pensé que sería interesante comprobar si aquí se puede hacer algo interesante, en la tierra de Noel Coward –dijo.

Pauline no recordaba cuándo se había estrenado una obra de Noel Coward en Victoria, aunque supuso que se habrían representado varias.

–El invierno pasado vimos La duquesa de Malfi en la universidad. Y en el teatro pequeño dieron Un sonoro retintín, pero no la vimos –dijo Pauline.

–Sí. Bueno –dijo él ruborizándose. Le había parecido que era mayor que ella, por lo menos de la edad de Brian (que tenía treinta años, aunque la gente decía que por su manera de comportarse no lo parecía), pero tan pronto como empezó a hablar de esa forma improvisada y ligeramente desdeñosa, sin acabar de mirarla a los ojos, sospechó que era más joven de lo que quería aparentar. Ahora sí que tenía la certeza: ese rubor le había delatado.

Al final resultó que era un año más joven que ella. Veinticinco años. Pauline dijo que no podía ser Eurídice; no sabía actuar. Pero Brian se acercó para enterarse de qué hablaban y de inmediato le dijo que debía intentarlo.

–Lo que necesita es una patada en el culo –le dijo Brian a Jeffrey–. Es como una pequeña mula, le cuesta arrancar. No, en serio, le gusta pasar demasiado inadvertida. Siempre se lo digo. Es muy lista. La verdad es que es mucho más lista que yo.

Jeffrey fijó su mirada en los ojos de Pauline –con un aire inquisitivo y descarado– y ahora fue ella quien se ruborizó.

Inmediatamente, la eligió como Eurídice por su aspecto, pero no porque fuese hermosa.

–Nunca le daría ese papel a una mujer guapa –dijo–. Me parece que nunca pondría una belleza en el escenario. Es excesivo. Distrae.

¿Qué quería decir con respecto a su aspecto físico? Dijo que era por su pelo, largo, oscuro, bastante abundante (lo cual no estaba de moda en aquellos tiempos) y por su tez pálida («este verano que no te dé el sol») y, por encima de todo, por sus cejas.

–Nunca me han gustado –dijo Pauline, no muy sinceramente. Sus cejas eran uniformes, oscuras, exuberantes. Dominaban su cara. Igual que su pelo, que no estaba de moda. Pero si realmente le hubieran disgustado, ¿no se las habría depilado?

Jeffrey pareció no oírla.

–Te dan un aire malhumorado y eso es inquietante –dijo–. Tu mandíbula también es un tanto pesada y eso tiene algo de griego. Daría mejor en una película, en un primer plano. Lo típico con la figura de Eurídice sería una chica de aspecto etéreo. Yo no la quiero etérea… (os recomiendo lleguéis al final del cuento, lo podéis encontrar sin dificultad en internet).

Alice Munro (1931 – Ontario, Canadá)

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