El usurero despiadado

Este relato está inspirado en un poema que escribió mi padre allá por finales del siglo pasado…

Había una tienda de empeños en el casco viejo de Sevilla, era muy antigua, llevaba allí más de cuarenta años. Estaba como fue siempre, sin renovarse, ya que su propietario no se gastaba un duro en modernizarla. Aunque fea y deteriorada funcionaba muy bien, pues no faltaban clientes que iban allí a empeñar lo que fuese para aliviar en algo su maltrecha economía, a cambio de unas pocas pesetas que les entregaba el viejo usurero que dirigía el local.

El dueño de la tienda era un personaje un poco siniestro y sombrío, ni siquiera me acuerdo de su nombre. Se prodigaba poco, no le interesaba hacer amistades que a la larga sólo le podrían salir caras, y él era tan tacaño. Nunca hacía nada por nadie y nadie le quería. Su aspecto daba más pena que otra cosa, una persona acaudalada que parecía un pordiosero. Nada invertía en su cuidado personal ni en su aspecto, eso era un derroche que sus contraproducentes principios no le podían permitir. Estaba extremadamente delgado, debía darse pocos caprichos y eso que debía tener amasada una inmensa fortuna dado lo bien que marchaba el negocio, pues se esforzaba en exprimir al límite a los pobres clientes regateando al máximo el poco dinero que les ofrecía.

Tan sólo tenía un empleado del que abusaba y se aprovechaba, sin apenas corresponderle. Y, sí se quejaba -que no lo hacía-, ya sabía dónde estaba la puerta. Juan, que así se llamaba el hombre, estaba en la tienda todo el día, tan solo libraba los domingos, siempre allí perenne como la funeraria.

Juan trabajaba en el negocio desde hacía bastantes años, entró de muy jovencito. No había conocido otro patrón más que ese viejo desconsiderado, que apenas le subía cada año una miseria. Al viejo su empleado le resultaba bastante rentable, pues nunca le fallaba y era una persona leal.

Un día, yendo para su local, el viejo avaro se quedó en el parque que se encontraba de camino. Quería sentarse en un banco para descansar un poco, los años ya empezaban a hacerle mella y, como era incapaz de gastarse un duro en el autobús, tenía que andar un largo trayecto. Estando allí, se le acercó un niño pequeño con un perrito. Era un cachorro, de ninguna raza conocida, un chucho al fin y al cabo, pero muy bonito y simpático.

Señor, -le dijo- ¿quiere quedarse con mi perrito? Me lo han regalado y mi mamá no me deja tenerlo en casa. Nosotros somos muchos hermanos y no hay espacio, mi casa es muy pequeñita. Mus –que así se llamaba el canino-, va a crecer mucho y se hará muy grande. Además, tampoco tenemos dinero para alimentarlo.

El viejo -rechazando al niño- le dijo, –vete, no me molestes, déjame tranquilo…

Pero luego, se fijó en el perrito al que no había querido ni ver hasta entonces, y se dio cuenta de que Mus le miraba con ojitos tiernos y llenos de amor. Extrañamente, a este personaje tan inhumano le tocó la fibra.

Hasta las personas más mezquinas e infames, de alguna manera, necesitan cariño… -pienso yo-.

Vale, me lo llevaré, -le dijo al niño-. Mus me servirá cuando crezca para vigilar mi negocio –pensó egoístamente-, nunca se sabe qué gentuza puede entrar y podría defenderme si tratan de robarme.

A partir de ese momento siempre se les veía juntos. El perro andaba detrás de él, como cuidándolo y protegiéndolo. Él no se portaba ni bien ni mal con su mascota, tenía un carácter tan poco amable que nada más se podía esperar. No le hacía carantoñas ni le mimaba pero, al menos le ofrecía refugio y le alimentaba con sus sobras que tampoco eran muchas, pues no despilfarraba, ni siquiera en su manutención que era sencilla y austera.

Y, así transcurría su rutina, el perro era ya para él imprescindible, como su sombra, aunque abiertamente no lo quisiera reconocer. Y, tenía otra ventaja, como no hablaba no le daba la tabarra.

Un día, el empleado quiso pedirle ayuda, era un buen hombre y no le habría costado nada ayudarle. El viejo tenía capital de sobra y podía confiar en que Juan se lo devolvería porque era honrado, y así se lo había venido demostrando durante años.

Necesitaba dinero porque su hijo había contraído una grave enfermedad. Los doctores que le vieron le indicaron que su único tratamiento sólo se lo podía dar un médico que vivía muy lejos de allí.

Tenía que pagar el viaje y los honorarios del especialista que estaba convencido que iba a poder ayudar a su pequeño y, no había tiempo que perder.

Pero el viejo avaro le negó su ayuda, le dijo que no tenía dinero. Cosa absurda pues, demasiado bien sabía Juan todo el dinero que ganaba con sus negocios cada día.

Fue el momento más infame de su vida, el avaro demostró con creces ser un viejo egoísta y sin corazón. Al poco tiempo el niño murió, nada más pudieron hacer por él. Su escasa esperanza, el único tratamiento que le hubiese podido ayudar no estaba a su alcance, y el chiquillo no lo pudo superar. Quizás tampoco se hubiese salvado pero, esa pregunta quedaría para siempre sin respuesta.

Su madre murió poco después. Había caído en una profunda depresión irreversible pues se negaba a comer y a vivir. Yo creo que murió de pena, fue mucho el dolor y la impotencia que sintió al no haber podido hacer nada por salvar al pequeño, su único hijo.

Juan, herido de muerte en su cuerpo y en su alma, desesperado por las terribles tragedias que se habían cebado con él y, loco de ira por no encontrar otra explicación para su desgracia, decidió ir a por el viejo que no le había brindado la oportunidad de salvar al niño.

Se hizo con un arma, una de aquellas empeñadas, y la cargó con la munición que también tenía a mano…

El viejo llegó con mala cara y amargado como todos los días…

Juan se encaró con él, haciéndole responsable de sus desdichas. Le empujó y le zarandeó. Luego, le miró furioso y le apuntó con su pistola, –te voy a matar, me lo has quitado todo.

Dudo mucho que el desgraciado se hubiera atrevido a disparar, era un hombre muy bueno e incapaz de matar ni a una mosca, pero no le hizo falta más que su amenaza…

El viejo aterrorizado cayó al suelo, el pánico le provocó un ataque al corazón.

Juan, de inmediato, llamó a la policía y explicó todo lo sucedido entregándose sin ninguna resistencia. Aunque en realidad no era culpable, ya poco le importaba lo que a partir de ahora le sucediese, no le quedaba nadie por quien luchar…

Una ambulancia se llevó al viejo, nada pudieron hacer por él, el ataque al corazón le había fulminado.

Poco después localizaron al único pariente que tenía el fallecido, un sobrino lejano con el que el viejo apenas tuvo otra relación que la de saber de su existencia.

El sobrino acudió a la llamada de la autoridad. Se ocupó de dar a su tío cristiana sepultura y hasta le puso una modesta lápida. Aunque no sentía ningún afecto por él pues no le conocía, tenía buenos sentimientos.

Heredó todos los bienes de su tío que le correspondían por ser su único pariente. Puso todo en venta y se quedó la mitad del dinero, el resto lo donó a la beneficencia en nombre de su tío, al que ese gesto le habría matado si no estuviera muerto, por lo tacaño que era. Luego, se marchó sin más. Se fue por donde había venido, pues nada le retenía para quedarse allí.

En su momento le preguntaron al sobrino que quería hacer con el perro, les dijo que no lo quería; ya tenía uno, lo podían regalar o llevarlo a la perrera, igual le daba. El animal, como sí los hubiese entendido, salió corriendo y se escapó.

Desde entonces vivió en la calle, comiendo lo que encontraba por ahí, vagando sin rumbo fijo. Aunque, todos los días se iba a dormir al cementerio, donde yacía su amo. Inexplicablemente le extrañaba, aunque el viejo había sido una mala persona. Pero, cuántas veces nos demuestran los animales ser infinitamente más humanos que muchos de nosotros.

Un día lluvioso allí amaneció, rígido, encima de la lápida. Parecía dormido, pero ya se había ido.

Mus era ya viejito y parece que eligió ese sitio para morir, junto a la mala persona que le había adoptado y a la que el único que le lloró fue su perro.

8 marzo, 2018
Ana María Pantoja Blanco.

 

 Dinero

Tú estás muy equivocado,
todo para ti es dinero.

El dinero es necesario,
pero cuando estás muriendo
te está sobrando el dinero.

El dinero que quitaste
a gente que le hacía falta,
que tu hundiste en la miseria
quedándote con su hacienda,
golpeándole, lo más profundo del alma.

Ahora en tu lecho de muerte,
ahora te sobra el dinero.
Ahora ya no te hace falta.

Un ataúd de madera muy cara
y un crucifijo de plata;
cinco misas y las cinco cantadas.

El clero a tu servicio,
cirios de lujo encendidos
para un entierro de lujo.

Pero, de verdad,
sólo te llora tu perro…

Él no entiende de dinero.

Rafael Pantoja Antúnez

 

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